almasgemelasReconocer almas gemelas no es un arte, hay claros indicios que cualquiera puede captar con un poco de buena disposición. En general las almas gemelas suelen encontrarse en lugares públicos, se confunden con el resto de la gente, pero sólo en apariencia. Si usted viaja en colectivo fíjese en los asientos dobles, no es raro que encuentre a un hombre y a una mujer de edad similar, sentados uno al lado del otro, que no se conocen y que por supuesto no se tocan, ni se miran, ni se hablan. No es raro. Menos habitual es que cada uno de ellos esté leyendo un libro. Pero bastante menos habitual es que ambos libros sean el mismo, que se titule La Metamorfosis, y que tanto el hombre como la mujer lo cierren simultáneamente en la página cuarenta y seis para suspirar en sincronía un lastimero “¡pobre Gregorio Samsa!” Ese hombre y esa mujer son almas gemelas, no lo dude. Lo mismo pasa con esos chocolates que traen mensajito adentro: a ella le toca uno que asegura Hoy conocerás al hombre de tu vida; en tanto él desenvuelve el chocolate y lee que Ella no se andará con vueltas. Así, el destino se revela a los mortales. Si usted ve un pájaro en el cielo y grita “¡Es un pájaro!”, pero al lado suyo un caballero corrige “¡Es un avión!”, y parados más allá hay dos que no se han visto nunca pero que al unísono resuelven: “¡Es Superman!”, he aquí un claro indicio de almas gemelas.
Conocí a un tal Juan que acudió a una cita a ciegas para encontrarse con una tal Patricia. Patricia acudió, pero no era la Patricia que Juan esperaba, ésa se había arreglado con el novio y dejó plantado a Juan, que no se percató del plantazo puesto que la Patricia que acudió también esperaba a un tal Juan, que ese día fue arrollado por un tren cuando iba camino a encontrarse con Patricia. Pasó que Juan y Patricia se conocieron, se enamoraron, se casaron, a los treinta años de matrimonio descubrieron la verdad y aún así no se divorciaron. Si ésas no son almas gemelas, dígame usted cuáles son.
Dejemos en claro un par de cosas. Que dos almas sean gemelas a todas luces no significa que, como en el caso anterior, queden unidas para siempre. Si las matemáticas son perfectas se debe a que la Providencia obliga a que sea así, pero el hombre ejerce su libre albedrío y por ende puede desviar el camino de la perfección hacia donde se le antoje. Si un taxista y una muchacha sentada en el asiento trasero del taxi se miran de reojo por el espejo retrovisor, se desean en esa mirada y se reconocen como almas gemelas, pero la muchacha deja de mirar al taxista porque decide serle fiel al marido, y el taxista deja de mirar a la muchacha porque decide esquivar al camión que se le viene encima, ahí tenemos un claro ejemplo de cómo el hombre —y la mujer— pueden separar por decisión propia lo que el destino pretendía unir. Si otra vez en el colectivo usted observa que dos se miran, pero que cuando ella mira, él no, y cuando él la mira, ella, sin saber que la miran, tiene los ojos en otro lado, usted sabrá que esos dos se buscan mutuamente sin saberlo. Tal vez se hayan buscado por años, quizá se intuyeron desde el mismo preescolar. Entonces el destino le pide ayuda a usted. Porque usted sabe que allí existe un claro indicio de almas gemelas, que bien podrían unirse si alguien les advirtiese que corrigieran la sincronía de sus miradas. Si ya está el hecho casi consumado, si ya casi el milagro de quienes se encuentran para enlazarse por los siglos de los siglos, el resto depende de su buena voluntad, mi amigo. Depende de sus ansias por hacer perfecto lo perfectible, de sus ganas por unir lo que debe estar unido y de lo harto que esté de ver indicios de almas gemelas por todas partes. El resto depende de usted.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli

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Cómo y en qué se basó la ciencia ficción para imaginar la apariencia de las criaturas intergalácticas

1Nuestra cultura pop conoció a los extraterrestres igual que a los dinosaurios, a los indios y a los japoneses, gracias a la magia del cine y la televisión. Así fue que nos enteramos que los grandes reptiles luchaban mano a mano con los cavernícolas, que los apaches eran de piel roja y usaban plumas, que los orientales andaban todo el día en kimono y sólo comían arroz. Más tarde, dinosaurios, indios y japoneses salieron a desmentir algunos de estos mitos, por supuesto mediante nuevas películas, documentales, o programas de televisión. De igual manera, mientras esperamos que los extraterrestres nos visiten y en algún famoso talk show nos digan “aquí estamos, estos somos, mucho gusto”, la ciencia ficción tomó las riendas y se hizo cargo de darnos una idea sobre la apariencia física de las criaturas del espacio. Así como los artistas del renacimiento imaginaron ángeles y demonios, pintando bellos a unos y horripilantes a otros, la ciencia ficción diseñó la fisonomía alienígena basándose en las buenas o en las malas intenciones que los extraterrestres tuviesen para con la humanidad. A los depredadores intergalácticos se les otorgaría un aspecto horrendo, frío y voraz, mientras que a quienes viniesen en son de paz se los recompensaría con una imagen agraciada, o al menos un tanto más simpática.
A partir de estas dos variables, la imaginación se puso a trabajar y parió una extensa variedad de criaturas multiformes que enlató en platos voladores y lanzó luego al espacio exterior desde donde volvieron para quedarse aquí, en el imaginario colectivo.

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trampa en la escondida Cuidadito con querer hacer trampa en la escondida. Yo supe de una nena que cuando le tocaba contar, contaba: “Uno, dos… ¡por cinco igual a diez!”, y así tomaba por sorpresa a los jugadores antes de que tuvieran tiempo de esconderse. Pero un día contó dos por cinco y cuando abrió los ojos descubrió que los otros nenes ya estaban todos escondidos, como si de veras hubiese contado hasta diez. Asombrada y con un poco de bronca, se apoyó otra vez contra la pared y volvió a contar: “¡Dos por diez mil!” Cuando miró ya era de noche y su mamá la llamaba a comer.
Al día siguiente, en la escuela, la maestra enseñó los números negativos. Durante el recreo a la nena le tocó contar en la escondida. Apoyada contra la pared contó: “Dos por menos mil”. Abrió los ojos y descubrió que mientras contaba, el recreo había terminado, o que más bien todavía no había empezado. Entonces volvió al aula y esperó que la campana sonara otra vez. Cuando le tocó contar, contó el uno y el dos, de inmediato lo multiplicó por un negativo, por el primer número que le vino a la cabeza, uno que había oído en las conversaciones de adultos: el quichicientos. Contó “dos por menos quichicientos”.
Cuando abrió los ojos ya no estaba el patio, ni la escuela, ni la pared sobre la que había contado. El lugar parecía un desierto, como ésos con mucha arena que muestran en las películas, pero en vez de arena el suelo estaba cubierto de tierra seca y pastizales. Y en vez de hombres de turbante, la rodearon unos indios tehuelches que comenzaron a tocarla con ramitas y a tirarle piedras pequeñas. La nena supo que estaba en un tiempo que no era el suyo y sintió miedo. Quiso volver, cerró los ojos y multiplicó el quichicientos por dos. Al mirar descubrió que los indios seguían ahí, observándola. Volvió a intentar varias veces hasta que los indios se aburrieron y se fueron. Ella se dio cuenta que no podía hacer trampa en un juego en el que jugara sola. Al fin y al cabo una escondida sin otros que corran a esconderse no puede ser una escondida ni nada que se le parezca.
Junto a la nena quedaron algunos niños de la tribu. Trató de convencerlos para que corrieran a esconderse mientras ella contaba apoyada contra un árbol. Los niños no entendieron el juego, en cambio le tocaban el pelo, le acariciaban el guardapolvo y de a poquito le arrancaban los botones ya que les parecían objetos muy curiosos. Desconsolada abrazó el árbol y se puso a llorar. De pronto sintió una estampida que hizo temblar la tierra. Miró hacia un costado, vio que una turba de lanzas se dirigía a la tribu levantando polvareda. Miró a sus espaldas y descubrió que los niños ya no estaban, que todos los demás indios tampoco estaban, que hasta el cacique se había escondido. Entonces cerró bien fuerte los ojos y contó: “Uno, dos, ¡dos por quichicientos!”
Bueno, el final de la historia no lo conozco. Dicen que unos antropólogos, escarbando en un baldío de la calle Salta, encontraron un guardapolvo sin botones de más de seiscientos años. La historia de la nena fue la conclusión a la que llegaron después de un largo debate. Otros dicen que cuando la nena abrió los ojos apareció en el patio de la escuela, justo en el momento que sonó la campana de salida, y que a pesar de que estuvo pocas horas ausente y los compañeros nunca notaron su ausencia, ella jamás volvió a sentirse la misma.
Como sea, la moraleja de esta historia enseña que los niños que hacen trampa en la escondida acaban como viajeros perdidos en el tiempo. Como eternos viajeros perdidos en el tiempo.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli

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ratonperez ¿Dónde estás ratón Pérez que no te puedo encontrar?, se titulaba mi primer cuento. Yo estaba intrigado porque mis amiguitos perdían dientes y recibían dinero a cambio, pero por mi casa el ratón Pérez no pasaba. Le mostré el cuento a mi madre y me dijo que el título era excesivo, que si yo preguntaba ¿dónde estás ratón Pérez? era desde ya porque no lo podía encontrar, por lo tanto decir que no te puedo encontrar estaba de más. Y también me dijo que el Ratón Pérez no existe. Así aprendí que si mis amigos recibían dinero por cada diente perdido era porque sus padres ganaban más que mi mamá, lo que les daba el lujo de inventarles a sus hijos un mundo de fantasía.
Una noche, antes de ir a dormir, se me cayó un diente. Lo puse bajo la almohada porque me daba fiaca levantarme para ir a tirarlo al tacho de basura. Me dormí. A eso de las doce sentí ruidos bajo de la cama. Me agaché para ver: ahí estaba el famoso ratón con una bolsita cargada de dientes y otra repleta de monedas. Me miró con una mezcla de travesura y tristeza. Lo pensé, o no, no sé, pero luego no me arrepentí. Me bajé de la cama, perseguí al roedor por todo el cuarto hasta que finalmente logré acorralarlo y lo aplasté con el manual de segundo grado. Tomé las dos bolsitas, tiré el ratón y los dientes al tacho de basura y puse las monedas bajo la almohada de mi madre.
Ahora el ratón Pérez no existe de verdad. Yo busco y no me canso de buscar su guarida secreta, seguramente repleta de dientes, pero también de muchas monedas que nos ayudarían a tener un mejor pasar y a comenzar a creer en un mundo de fantasía.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli

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cuevadelvillanoCuando al afortunado hombre de negocios Armiño Galíndez le agarró la nostalgia quiso recuperar su primer centavo ganado. Entonces contrató a un detective especialista en objetos perdidos para que rastreara la moneda. Le ordenó que no escatimara en gastos y que no intentara engañarlo con una moneda que no era la suya porque él se daría cuenta al instante. El detective se puso en campaña partiendo de la pista que el propio Galíndez ofreció: con su primer centavo el hombre de negocios había pagado un choripan en la costanera. El detective dio con el dueño del carrito y le hizo recordar, primero por las buenas y más tarde a la fuerza, qué había hecho con ese centavo cobrado hacía más de veinticinco años. La confesión llevó al detective a un ferretero de Lanús, éste a un mozo de Corrientes al 1600, el mozo a una vedette de teatro de revista, la vedette a un almacenero de Monte Grande, el almacenero dijo que lo gastó su esposa fallecida y la finadita lo condujo desde el Más Allá a un sodero ya retirado. El detective consultó vivos y muertos, abrió alcancías y monederos, destripó colchones y se rasgó las vestiduras al descubrir que él mismo había gastado el centavo años atrás. Luego de una década de investigación dio con el paradero de la moneda. Entonces citó a Galíndez y relató al magnate, exhibiendo tickets y facturas, las peripecias por las que había pasado en busca de la moneda. Cuando Galíndez comenzaba a impacientarse, el detective le comunicó el resultado de la investigación.
—Mire, en realidad la moneda no la conseguí. Pero sé quién la tiene.
—No me diga que el Gran Bonete… —rogó Galíndez angustiado.
—La tuvo, pero se la cambió a un fulano por estampillas.
—¿Pues entonces quién la tiene?
—¿Oyó hablar de la Cueva del Villano?
—Más o menos.
El detective relató la existencia de un villano que habita una cueva en las profundidades de la ciudad. El villano es dueño y guardián de la cueva y la protege con recelo. Se dice que de ella parten decenas de túneles que no tienen salida al exterior, pero que esconden tesoros o verdades que los hombres han buscado durante milenios. Hay un túnel que conduce a los setecientos mil pergaminos de la Biblioteca de Alejandría que se creen destruidos por el fuego; hay otro que llega a la misma Atlántida; otro a los jardines del Edén; otro al Aleph que Borges presenciara en un sótano de la calle Garay; y hay una cámara llamada De Pequeños Grandes Objetos donde se exhiben, como en un museo, objetos personales que se los tuvo en poca estima hasta que se los dio por perdidos.
—Puedo jurarle que allí está su moneda, señor Galíndez.
—No jure. Vaya y consígala. Pagaré lo que sea. Pida ticket o factura.
—Lo que usted desea es imposible.
—Entonces que le firmen algún recibito…
—Nadie conoce la entrada a la Cueva del Villano. Se la buscó mucho más que a su moneda. Encontrarla es más difícil de lo que parece. Imagínese, sólo existe una entrada y después de ella el acceso a todos los tesoros perdidos de los hombres. Esa puerta debe estar bien escondida y muy custodiada.
—Olvídese de los tickets. Pague, soborne, chantajee a quien sea. Encuentre esa cueva. Yo quiero mi moneda.
Galíndez entregó poco a poco todas sus monedas para recuperar la primera. Al final murió en la miseria, como mueren aquellos que dan todo por las causas perdidas.
Mientras tanto, la entrada a la Cueva del Villano sigue siendo un misterio. Los actuales investigadores no bajan los brazos sino que están ilusionados; ahora saben que de una forma u otra la fortuna de Galíndez fue a parar a la Cueva, y siguen una pista, la que apunta a un detective especialista en objetos perdidos.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli

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Ladrón que roba a ladrónLadrón que roba a ladrón, ya saben, cien años de perdón. Ahora bien, ladrón que le roba a un ladrón que antes le robó a otro ladrón, es un criminal y debe ir preso, pues le ha robado a un perdonado. Salvo que el ladrón perdonado ya haya cumplido sus cien años de perdón, en este caso quien le roba se convierte en un ladrón de ladrón, por lo tanto se beneficia con los cien años de perdón designados para el caso. Lo mismo ocurre con ladrón que roba a ladrón que roba a ladrón que roba a ladrón. Como podemos observar, robar con total impunidad no es tan sencillo. El ladrón que desee tener acceso al beneficio del perdón de cien años, deberá estar seguro de no robarle a un inocente ni a un ladrón perdonado, sino a quien le ha robado a ellos. Es decir que su posición en la cadena de robo debe representar siempre un número par. En cambio, el acto delictivo debe cometerse contra un ladrón que cargue un número impar. Esto se averigua, como todo, preguntando.
—Arriba las manos.
—¡No me mate!
—No confunda, no soy un asesino. Mi familia pasa hambre. La semana pasada nos cortaron el cable. Lo arribo con desesperanza, en un profundo estado de conmoción debido a la grave crisis que está atravesando el país en este momento. Por ello me atrevo a preguntarle, y ruégole responda con sinceridad, si ha incursionado en la ratería, y en tal caso qué número ocupa usted en la cadena de robo.
—El último al que he robado le robó a su vez a un renombrado político. Soy el número tres.
—Dame la billetera, guacho.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli

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usuraeternaLa eternidad es un concepto que pregona aquel que no le alcanzan veinte años para pagar un crédito hipotecario.
Cuando el empleado del banco preguntó a qué plazo solicitaba el crédito, el solicitante respondió:
—De aquí a la eternidad.
—El plazo máximo es a veinte años, señor.
—¿Pero qué son veinte años? Ya lo dijo Gardel “que veinte años no es nada” ¿o el banco no cree en lo eterno, en la inmortalidad del alma? Propongo una hipoteca sobre mi alma que no es un bien amortizable. Necesito un crédito a pagar de aquí a la eternidad. Véalo de este modo, yo estaría en deuda con el banco aún en el Más Allá.
—De acuerdo, lo hacemos así.
—¿Cuánto sería mi cuota mensual?
—Calculemos. Cien mil pesos más los intereses, dividido infinito… todo lo dividido por infinito da cero, o sea que la cuota mensual es igual a cero, de aquí a la eternidad, por siempre jamás. Firme aquí y el dinero es suyo.
—Gracias —dijo el flamante deudor—. Ahora tengo acceso a una vivienda digna —y levantándose corrió a gastarse la plata.
—Caen solos —susurró el diablo sentado tras su escritorio.

De Trampa en la escondida – Guillermo Galli

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utopiasSe había puesto como meta llegar hasta el final del arco iris, donde dicen que hay una olla repleta de monedas de oro. Tras siete años desistió, al darse cuenta, confesó luego, que la búsqueda de las monedas de oro era una meta puramente material, que la codicia desacralizaba la causa y le quitaba el favor de los dioses.
Entonces se embarcó en una nueva causa. Se dispuso a contar los granos de arena existentes en todas las playas, areneros, construcciones, peceras, cajitas de hacer pis del gato y relojes del mundo. Pasó veintidós años contando arena en la playa de San Clemente. Hasta que una noche, luego de haber sumado cifras descomunales, sintió la misma impotencia que a sus cinco años, cuando descubrió que sólo sabía contar hasta cien. Consultó a los científicos más renombrados y todos coincidieron en darle la mala noticia: no se habían inventado más números para seguir contando granos de arena. Desmoralizado abandonó la causa y juró por su madre que no volvería a enredarse en una empresa de tal magnitud.
Cuando a las dos semanas su mamá falleció, él ya estaba buscando una nueva meta. Compró un marcador Dibujol y se dispuso a probar la redondez del universo trazando una línea que partiera de Bahía Blanca, atravesara las sierras de Córdoba, avanzara hacia el Polo Norte y de allí remontara derecho hacia el infinito para luego volver por el otro lado y desembocar en la Av. Jorge Moore, al sur de la ciudad bonaerense. Pintó cientos de kilómetros sin respetar rutas, ni carteles de propiedad privada ni de cuidado con el perro. Su empeño y valentía lo llevaron a convertirse en el centro de atención de los medios. Muy pronto ganó el apoyo popular y el auspicio exclusivo de Dibujol. Pero las cosas comenzaron a enturbiarse, algunos alcaldes presionaron a la empresa de marcadores para que la línea pasase por ciertas ciudades, aún cuando éstas no formaran parte del itinerario de nuestro amigo. La empresa lo intimidó a desviarse a Amsterdam, Nueva York, Tokio y Londres, en ese orden, esgrimiendo un contrato que él había firmado de la única manera en que podía haberlo hecho, con una línea que cruzaba de punta a punta el documento legal. Resignado desvió su recorrido, esperando ganar cuanto antes el espacio exterior para encauzar su rumbo de una vez por todas. De pronto ya habían pasado dieciséis años. Miró el reloj y tomó conciencia de la finitud del tiempo. Se preguntó si acaso su línea quedaría inconclusa en medio del infinito, y si Bahía Blanca alguna vez lo vería volver por el otro lado. Sin embargo eligió no dar lugar a cavilaciones existenciales. Encaró el marcador y se dispuso a cruzar el Atlántico con rumbo a Canadá para luego subir al Polo Norte. En su paso por Montreal, se enteró de la noticia que acabaría por derrumbarlo: la línea que años atrás había trazado en su paso por Tucumán acarreaba consecuencias funestas. Tucumanos al este y al oeste de la línea reclamaban segregarse. Convertidos en feroces separatistas se trenzaban en una guerra civil donde la disputa era ideológica antes que territorial: ambos bandos querían dejar en claro quién se separaba de quién.
Decepcionado del mundo nuestro cazador de utopías tiró la toalla. Se refugió en una secta de agnósticos que profetizaban el saber mientras profesaban el no saber y pasó sus últimos años en el monasterio, ubicado en las inalcanzables alturas del piso treinta de una torre en Puerto Madero.
Ya en su lecho de muerte, rodeado por sus compañeros de secta, confesó animado que nunca había abandonado la esperanza de alcanzar una quimera que beneficiara a la comunidad científica, o al menos al resto de la humanidad. Así fue que sus últimas palabras expresaron el comienzo de una nueva epopeya. Sin largas despedidas partió rumbo a la eternidad, como quien va a pasar una tarde al Tigre.

Alberto querido, tus amigos te estamos esperando. Rogamos a quién sabe quien, que donde sea que estés, no exista lo que fuere que te haga abandonar tu promesa de volver de la muerte, sólo para contarnos si hay algo en el Más Allá.

De Trampa en la escondida – Guillermo Galli

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11tvPonés el noticiero y agarráte Catalina. Corré ya mismo a verificar que tengas todo bajo llave, enrejado, enjaulado, el perro amaestrado, la licuadora conectada con la policía, los enanos de jardín con ojos infrarrojos y la vecina de enfrente haciendo guardia en la vereda mientras barre. Ojo, ojo a todo. Ojo que todos te quieren afanar o estafar de alguna forma. Todos menos los del noticiero que por supuesto te advierten lo que te puede pasar si no andás con ojos en la nuca. Fijáte además que lo hacen gratis, por tu bien, como un servicio desinteresado a la comunidad.
Por suerte el otro día, en uno de mis viajes al futuro, prendí la tele y puse el noticiero. Qué grato fue enterarme de que para el año 2058 el crimen ya estará erradicado, vaya a saber porqué. Pero a no ilusionarse, que no todo será color de rosa. Existirá una amenaza aún peor. Yo aconsejo a los que piensen vivir para ese entonces que se vayan preparando, después no digan que no les avisé cuarenta años antes. Por suerte estarán los noticieros, como siempre y gracias a la TV, para tenernos al tanto del nuevo peligro que sufriremos los argentinos en la segunda mitad del siglo XXI: los fantasmas. Sí señor, los fantasmas, espíritus, almas en pena y aparecidos reemplazarán a los actuales criminales. Resurgirán de donde sea que estén ahora para hacerle la vida imposible a la clase media trabajadora. Si no me creen, les copio alguno de los titulares que serán noticia, para que vayan tomando sus recaudos.

MARIDO GOLPEADO. Villa Crespo. Un hombre de cuarenta y ocho años que enviudara hace tres meses, denunció ante las autoridades que el fantasma de su mujer lo espera todas las noches, cuando vuelve del bar, con un palo de amasar que utiliza para molerlo a golpes y recriminarle la hora de su llegada. El hombre, angustiado, dice no poder defenderse por ser su mujer un ente incorpóreo, no así el palo de amasar.

PORTERO VENGADOR. Belgrano. El caos se ha apoderado de una escuela primaria. El espíritu del portero fallecido recientemente, hace sonar la campana del recreo cada siete minutos. ¡La directora escandalizada! Los alumnos, chochos.

SPOT PUBLICITARIO: ¡Cuando el fantasma entra, ya es tarde! ¡No espere el mal momento para llamar al cura! ¡Mejor es prevenir que curar! Tenga su Puerta Anti Espectral en cómodas cuotas, y a los fantasmas … ¡sáquelos por la ventana!

“VOY A ACABAR CON LA INSEGURIDAD”. Lo dijo el flamante Ministro de Justicia, Norberto Palotti. Aseguró que buscará el apoyo del Presidente para demoler por completo el barrio de San Telmo, por tratarse de un juntadero de casas embrujadas. En su lugar ya se planea el emplazamiento de torres y centros comerciales.

De Trampa en la escondida – Guillermo Galli

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banco-de-plazaExiste una hilacha en una plaza de Buenos Aires, tal vez debajo de una baldosa o junto a un bebedero. Nadie conoce su ubicación exacta, pero son varias las teorías que se han formulado sobre qué pasa si se tira de esa hilacha. Un em­pleado bancario de apellido Garabito asegura que se deshilvanaría la plaza entera, junto con los hombres, mujeres, perros y palomas que estuviesen sentados en los bancos o parados sobre las baldosas. Por eso casi nadie se anima a buscarla, la tentación de tirar de ella sería tan grande como peligrosa para la propia existencia.

Unos trabajadores del puerto aseguran que se trata de una tanza a cuyo extremo está atado un azuelo clavado en el paladar de una criatura subterránea. Pero no lo han podido probar. En realidad ni siquiera lo intentaron, quizá porque en lo íntimo no están completamente seguros de que el empleado bancario esté equivocado y temen ser destruidos junto con la plaza.

Algo semejante sucede con el Círculo de Odontólogos de Villa del Parque. Sus miembros dicen estar convencidos de que la hilacha es un cordel atado a la muela de un individuo que recurrió al viejo método para extraerse la pieza dental. Dicen que a falta de voluntarios que se animasen a tirar del cordel, enterró parcialmente un extremo, ató el otro a la muela y se sentó en un banco de plaza a esperar a que algún curioso descubriese la hilacha y tirase de ella. Si los odontólogos no intentan demostrar su teoría es porque reniegan de un método tan poco profesional para la extracción de muelas, y porque en el fondo temen estar equivocados y traer a la superficie a una feroz criatura subterránea.

De la misma escuela de Garabito surgió el científico Juan Carlos Quitilipi, cuya teoría es mucho más fatalista que la del empleado bancario. En un principio Quitilipi adhería a la idea de la destrucción de la plaza como consecuencia de tirar de la hilacha, pero después (después que lo dejó la novia, dicen) planteó que en realidad el problema era mucho mayor, y que tirar de ella significaría no sólo la destrucción de la plaza sino del universo entero. Se cree que Quitilipi conoce la ubicación exacta de la hilacha, que si no la revela es porque ve en ella una salida de emergencia cuando reine el caos, un diluvio segundo y definitivo, y porque le gusta imaginar, como todo buen científico, que está en sus manos el privilegio de poder salvar o destruir todo lo que existe.

De Trampa en la escondida – Guillermo Galli

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