Armstrong sonaba desde la radio. Qué voz. Siempre que lo escucho se me antoja una cerveza, y luego otra. Armstrong y cerveza, cerveza y Armstrong, la más astuta medicina contra mi soledad. Ansioso dejé el sillón que me hacía de ataúd y corrí hacia la heladera. Rápido, más rápido, antes que el negro se mimetizara a su trompeta.
La vieja Siam me esperaba con la puerta cerrada pero con los brazos abiertos. Blanca y radiante, aunque una lepra ferrosa comenzara a oxidar su cutis desde los pies. Alta, imponente, y un poco desnivelada, un tanto enclenque. Pero lo que importa es lo de adentro, le dije a la Siam. Ella me sonrió a la orden de un ábrete sésamo y suspiró feliz un poco de escarcha. He aquí, frente a mis ojos -recité- la lamparita sufriendo el frío, también los huevos, la mermelada, la manteca, la leche, el vino. He aquí el clima antártico que envuelve las verduras, la carne, las salchichas. Y arriba: El congelador, glorioso, el corazón, el hielo pétreo que acobija mis cervezas. Tomo una, y a las otras no les digo Adiós, sino hasta luego.
Corrí rápido, más rápido a mi sillón, que Armstrong se hacía uno a su trompeta, y que siempre me había gustado contemplar el deshielo sobre las latas grises o doradas, mientras lo escuchaba el negro. Tomé una, a fondo blanco, busqué otra, y a la carga otra vez. Las voces en la radio se tornaban mas agudas que de costumbre, Armstrong ya no era el mismo, perdía el color, como las luces y las latas desparramadas a mis pies. Me levanté, o imagine que lo hice, y la gravedad me acostó otra vez. Otro intento, y la inercia se las cobró aplastándome la nariz contra la alfombra. Volvamos a los orígenes –me dije- a gatear como un simio, a arrastrar los codos y las rodillas rumbo a la heladera, en busca de otra más. Llegaba, ya casi llegaba, y en el transcurso bajé diez niveles en la escala de la evolución, de homo sapiens a crogmagnon, de eslabón perdido a primo hermano de los gorilas, y de allí a mamífero insipiente, de esos que se arrastraban sus cuerpos tragando polvo y cenizas.
Ya en la meta me abracé al témpano que flotaba en la cocina, trepé por él hasta pararme sobre los glaciares, que parecían estar esperándome con mi cerveza. Tomé el trofeo con mis dos manos, y tiré, pero no cedíó, arranqué, pero no salió. Entonces lo vi allí, pequeño, calvo y arrogante, frío y lampiño, cubierto de arrugas, clavándome su mirada, aferrado a mi cerveza.
- Buenas noches –me dijo- Soy el hombrecito del congelador.
- ¿Y por qué te agarrás de mi cerveza? –le grito- ¡Es mía y quiero otra!
Su piel era blanca como la espuma de mi cerveza. Sus ojos dorados, y su aliento frío, como la escarcha pegada a mi cerveza.
- Dámela, o te encierro aquí para toda tu vida…. –lo amenacé.
Pero mis palabras no parecieron conmoverlo. Me siguió mirando, observando mi pálida figura con su pálida figura. Me analizaba desde su pequeñez ahí, parado en sus dos patas sobre el borde del congelador. Sonrió su sonrisa, y me informó,
- Yo vivo aquí mi vida. Vivo aferrado a estos hielos. ¿Y vos donde vivís? Porque te veo seguido por acá, creí que tenía un vecino durmiendo en la huevera.
Pero qué descaro el suyo –pensé- Le voy a decir lo que pienso. Se lo voy a decir, si, a pesar de que mira tan fijo y tan sincero,
- Esta heladera es mía. Yo vivo en mi casa, y esta heladera está dentro de mi casa, por lo tanto la heladera y todas las cervezas que hay en la heladera son mías, y yo vivo en mi casa, no en la heladera de mi casa.
Ahí nomás le lancé un manotazo que esquivo con agilidad.
- No hay porqué ponerse violentos –me gritó con una sonrisa en la boca.
Intenté otro golpe y mis dedos acabaron incrustados entre dos cubeteras pegadas a los hielos eternos. Al verme atascado el hombrecito trepó hasta mi hombro dando pequeños brincos sobre mi brazo arremangado. Traté de espantarlo con la mano que conservaba libre, pero no hubo caso, el maldito lanzó una carcajada siniestra y me demostró que tenía los reflejos de una mosca. Ahí me asusté. Entonces apenas me animaba a mirarlo de reojo, y no sé que fue mas escalofriante, si sentir sus huesudas piernitas posadas sobre mi hombro o comprobar que de hecho él tambien me miraba, serio, y también de reojo.
- Estás preso – me dijo.
Mirarlo hubiera significado aceptarle que sí, que de hecho yo estaba preso y que no tendría forma de librarme de sus intenciones sino hasta el próximo deshielo. Por eso miré hacia cualquier parte, tratando de evadir la verdad fría y absoluta que irradiaban sus ojos, pero no lo conseguí. Si mi mente se esforzaba por creerlo un producto de sus fantasías más oscuras, los pasos del hombrecito le advertían a mi epidermis que la realidad suele llegar a ser más macabra de lo que pueda parir la imaginación. Ya cerca de mi rostro la pequeña y calva criatura alzó uno desus brazos y apuntando a mi nariz dijo,
- ¿Quién te dio el derecho a invadir mis congelados aposentos?
- ¡Es mi heladera! –respondí al tiempo que me arrepentía de haber abierto la boca.
El hombrecito, que hasta entonces conservaba un rostro curioso, y hasta despreocupado, arqueó sus pequeñas cejas y endureció sus gestos como listo para saltar y arrancarme una oreja.
- ¡Insensato! –gruñó- ¡Y este es mi mundo! ¿Cuántas habitaciones tiene tu casa? ¿Cuántas plazas tu ciudad? ¿Cuánto de agua hay en tus mares?
Con la furia de un pequeño mico saltó sobre si mismo y me aplicó una bofetada que desvió mi vista hacia la lamparita del congelador.
- ¡Te presento a mi sol! – gritó exalando un hálito de escarcha.
Pero si el hombrecito pretendía envolverme en un sentimiento de culpa puedo asegurar que no me conmovió. Pensó que acaso podría importarme que él viviese encerrado en mi heladera y yo, ¿ingrato quizás? Teniendo todo el planeta para recorrer con mis dos largas piernas, no hacía más que ir del sofá al congelador en busca de mis cercezas. Nunca me ganaría por el lado de la compasión, ¡que me mordiera si quisiese! No sería él la víctima solitaria y presa en su mundo helado, ni yo el ingrato que le reclamara posesión aún sobre lo poco de su miseria. Y que no se atreviera con el cuento de la mejor distribución de las riquezas, la heladera era mía y siempre mía. Si le quedaba chico el ambiente, ¿y porqué no salía a caminar por la plaza? ¿quién lo obligaba?
- ¿Quién te obliga –lo increpé- a quedarte aquí encerrado?
El hombrecito me miró de pies a cabeza y entonces supe que había tocado su tema tabú, o al menos una herida de esas que se tapan hasta que tarde o temprano salen escupidas como en la erupción de algo que hace rato tenía ganas de explotar. Pero creo que se infló de paciencia, o de nostalgia, y en vez de abofetearme una vez más sentó sus huesudas nalgas sobre mi hombro y explicó,
- Soy de tiempos anteriores a tu heladera, no me he pasado la vida respirando escarcha, ni aquí ni en el freezer de tus vecinos. Es mi primera vez en el frío. Antes caminé por las calles esquivando zapatos y hocicos de perros curiosos. ¡Nunca alguien que mirara para abajo, allí donde yo estaba! …qué frustración…. Terminé acostumbrándome a la noche, a vagar por las calles fantasmas, y a quedar hipnotizado frente al parpadeo amarillo de los semáforos. Al principio tuve paz, no podía quejarme de que nunca nadie mirara hacia abajo, tal vez porque en las horas solitarias no había nadie para hacerlo.
- Andá entonces –le dije- Andá a la noche que te espera ahí, fuera de mi heladera.
- No puedo mi amigo –gruñó el hombrecito mientras le proporcionaba un puntapié a mi oreja izquierda. Una vez cruzaba yo la avenida, un chofer de colectivos me vio, frenó, y sacando la cabeza por la ventanilla me dijo: “¿No le da vergüenza señor? Tan pequeño usted y paseándose por la ciudad, el mundo le queda grande, ¿no se lo han dicho?” y se perdió en el horizonte sembrado de faroles. Desde esa noche vivo en tu heladera, que es mi mundo, y me siento cómodo, lejos de todos. Hace tanto frío… eso es bueno.
El hombrecito agachó la cabeza como si hubiese fracaso en su intento por ganarse unos segundos de felicidad. Confieso que sentí pena, yo podía caminar por las calles, luego de mis profundas resacas, podía al menos no ser pisoteado por un zapato gigante.. o al menos eso alcancé a creerme en ese instante. El hombrecito alzó la cabeza y dijo,
- Pero soy compasivo… siento pena hoy por vos, yo aquí encontré mi lugar para esconderme del mundo, y vos allí afuera tan desprotegido, te veo todas las noches asomando la nariz en mi planeta, como si quisieras quedarte aquí viviendo, ¿tal vez te pasa lo mismo en la calle? ¿es igual que a mí? ¿te ignoran como si tuvieses la importancia de una hormiga moribunda? ¡Seré compasivo!, te invito a quedarte, hace frío aquí, y eso es bueno.
-No, gracias. –respondí.
Entonces se despidió,
- Siempre que el mundo te quede grande… ya sabés, estás invitado.
Cerré la heladera y me lavé la cara. Salí de mi casa y desde entonces comencé a caminar mis noches por las calles mágicas de la madrugada, haciendo sonar a Armstrong en mi cabeza, silbando su trompeta para que oigan los que no duermen, para recordarles esa noche como la noche en que decidí dejar de ser el hombrecito del congelador.
Guillermo Galli (c)