sonambulaEsa tarde que pisaste por primera vez la marmolería de la calle Crisólogo Larralde te aferraste a mi brazo y me gritaste al oído: ¡Yo estuve aquí antes, yo estuve!, con la convicción propia del que habla en capicúa.  Mirabas los mármoles sumida en un viaje astral. ¿Ricardo, crees en la reencarnación? preguntaste, como quien asoma la nariz en lo desconocido. Por pura cortesía te contesté que sí y enseguida te imaginaste ciento cincuenta años atrás, paseándote por la misma marmolería. Te viste encarnada en una ilustre dama porteña que acaso buscaba mármoles para su nueva casa del barrio norte, del brazo de su amado esposo. Enseguida mencionaste que el amado esposo bien po­dría haber sido yo en una vida anterior, ya que el destino es una cosa loca. Sugerí que también podría haber sido al revés, tú el amado esposo y yo la ilustre dama, a lo que objetaste que el cambio de sexo es una práctica deplorable, siquiera con el Más Allá como excusa.

Créeme que si en ese momento te seguí la corriente en esto de la reencarnación fue para que no hicieras el ridículo. Hoy te confieso que veinte años atrás no había ninguna marmolería en ese solar, sino apenas el po­trero donde me agarraba a las patadas con mis amigos, mientras tú toma­bas la mamadera en Vicente López. De manera que no importa lo que digan tus libros de hipnosis y de regresión mental,  no pisaste esa marmolería en una vida anterior, puedes estar segura.

En cambio, estoy de acuerdo contigo en algo. Me consta que estuviste allí antes de estar, pero no en carne y hueso, sino en sueños. No hablo de las predicciones oníricas, que están reservadas para  grandes acontecimientos. Predecir una visita a una marmolería sería tan ridículo como indigno de cualquier arte adivinatorio. No te engañen tus aspiraciones a vidente natural, que bien las conozco ya que leí tus cartas al director de Misterios Irresolutos.

La verdad es clara y te la diré: es la que predican los indígenas Batú de Kasai, al sur del Congo.  Estos nativos llaman al alma “sombra inteligente” y afirman que cuando duermes esta sombra se desprende de tu cuerpo y recorre la casa como un sonámbulo, toma un vaso de agua de la heladera, pasa por el baño y luego atraviesa la puerta de calle para emprender una caminata por los barrios, hasta que suena el despertador y vuelve al cuerpo. No te extrañe entonces que hayas frecuentado en sueños la marmolería, aun antes de visitarla en carne y hueso. De ahí tu recuerdo.  De ahí el consejo del dueño de la marmolería,  que cuando nos íbamos me susurró a tus espaldas “cuide a su novia que me anda espantando a los serenos”. Porque te vieron, Susana. Te vieron de noche mientras soñabas. Vieron tu espectro en camisón y sin dentadura traspasando los mármoles, yendo hacia el bailongo del terreno lindante. ¿Qué otra cosa son los fantasmas sino almas vagabundas de gente viva que está soñando? Por eso frecuentan la noche cuando el mundo duerme, para el terror de unos pocos desvelados. Por eso las sábanas colgando, que arrastran, y las caras de traste, las risas de ultratumba, los alientos sucios y los balbuceos incoherentes. Y no me digas que son los finaditos que vuelven de la muerte. Porque sé que a veces no duermes y entonces vas al puerto donde crees haber visto mi espíritu. Pero yo no estoy muerto, entérate. Estoy vivo, trabajo en Singapur, de día me canso y de noche duermo y cada tanto sueño que vuelvo al muelle donde nos despedimos hace ya diez años. En mi sueño te veo, te grito ¡Susana, Susana! pero tú tiemblas, te pones pálida y huyes bajo la luz de la luna, como si hubieses visto un fantasma.

De Trampa en la escondida – Guillermo Galli

Armstrong sonaba desde la radio. Qué voz. Siempre que lo escucho se me antoja una cerveza, y luego otra. Armstrong y cerveza, cerveza y Armstrong, la más astuta medicina contra mi soledad. Ansioso dejé el sillón que me hacía de ataúd y corrí hacia la heladera. Rápido, más rápido, antes que el negro se mimetizara a su trompeta.

La vieja Siam me esperaba con la puerta cerrada pero con los brazos abiertos. Blanca y radiante, aunque una lepra ferrosa comenzara a oxidar su cutis desde los pies. Alta, imponente, y un poco desnivelada, un tanto enclenque.  Pero lo que importa es lo de adentro, le dije a la Siam. Ella me sonrió a la orden de un ábrete sésamo y suspiró feliz un poco de escarcha. He aquí, frente a mis ojos    -recité- la lamparita sufriendo el frío, también los huevos, la mermelada, la manteca, la leche, el vino. He aquí el clima antártico que envuelve las verduras, la carne, las salchichas. Y arriba: El congelador, glorioso, el corazón, el hielo pétreo que acobija mis cervezas. Tomo una, y a las otras no les digo Adiós, sino hasta luego.

Corrí rápido, más rápido a mi sillón, que Armstrong se hacía uno a su trompeta, y que siempre me había gustado contemplar el deshielo sobre las latas grises o doradas, mientras lo escuchaba el negro. Tomé una, a fondo blanco, busqué otra, y a la carga otra vez. Las voces en la radio se tornaban mas agudas que de costumbre, Armstrong ya no era el mismo, perdía el color, como las luces y las latas desparramadas a mis pies. Me levanté, o imagine que lo hice, y la gravedad me acostó otra vez. Otro intento, y la inercia se las cobró aplastándome la nariz contra la alfombra. Volvamos a los orígenes –me dije- a gatear como un simio, a arrastrar los codos y las rodillas rumbo a la heladera, en busca de otra más. Llegaba, ya casi llegaba, y en el transcurso bajé diez niveles en la escala de la evolución, de homo sapiens a crogmagnon, de eslabón perdido a primo hermano de los gorilas, y de allí a mamífero insipiente, de esos que se arrastraban sus cuerpos tragando polvo y cenizas.

Ya en la meta me abracé al témpano que flotaba en la cocina, trepé por él hasta pararme sobre los glaciares, que parecían estar esperándome con mi cerveza. Tomé el trofeo con mis dos manos, y tiré, pero no cedíó, arranqué, pero no salió. Entonces lo vi allí, pequeño, calvo y arrogante, frío y lampiño, cubierto de arrugas, clavándome su mirada, aferrado a mi cerveza.

- Buenas noches –me dijo- Soy el hombrecito del congelador.

- ¿Y por qué te agarrás de mi cerveza? –le grito- ¡Es mía y quiero otra!

Su piel era blanca como la espuma de mi cerveza. Sus ojos dorados, y su aliento frío, como la escarcha pegada a mi cerveza.

- Dámela, o te encierro aquí para toda tu vida…. –lo amenacé.

Pero mis palabras no parecieron conmoverlo. Me siguió mirando, observando mi pálida figura con su pálida figura. Me analizaba desde su pequeñez ahí, parado en sus dos patas sobre el borde del congelador. Sonrió su sonrisa, y me informó,

- Yo vivo aquí mi vida. Vivo aferrado a estos hielos. ¿Y vos donde vivís? Porque te veo seguido por acá, creí que tenía un vecino durmiendo en la huevera.

Pero qué descaro el suyo –pensé- Le voy a decir lo que pienso. Se lo voy a decir, si, a pesar de que mira tan fijo y tan sincero,

- Esta heladera es mía. Yo vivo en mi casa, y esta heladera está dentro de mi casa, por lo tanto la heladera y todas las cervezas que hay en la heladera son mías, y yo vivo en mi casa, no en la heladera de mi casa.

Ahí nomás le lancé un manotazo que esquivo con agilidad.

- No hay porqué ponerse violentos –me gritó con una sonrisa en la boca.

Intenté otro golpe y mis dedos acabaron incrustados entre dos cubeteras pegadas a los hielos eternos. Al verme atascado el hombrecito trepó hasta mi hombro dando pequeños brincos sobre mi brazo arremangado. Traté de espantarlo con la mano que conservaba libre, pero no hubo caso, el maldito lanzó una carcajada siniestra y me demostró que tenía los reflejos de una mosca. Ahí me asusté. Entonces apenas me animaba a mirarlo de reojo, y no sé que fue mas escalofriante, si sentir sus huesudas piernitas posadas sobre mi hombro o comprobar que de hecho él tambien me miraba, serio, y también de reojo.

- Estás preso – me dijo.

Mirarlo hubiera significado aceptarle que sí, que de hecho yo estaba preso y que no tendría forma de librarme de sus intenciones sino hasta el próximo deshielo. Por eso miré hacia cualquier parte, tratando de evadir la verdad fría y absoluta que irradiaban sus ojos, pero no lo conseguí. Si mi mente se esforzaba por creerlo un producto de sus fantasías más oscuras, los pasos del hombrecito le advertían a mi epidermis que la realidad suele llegar a ser más macabra de lo que pueda parir la imaginación. Ya cerca de mi rostro la pequeña y calva criatura alzó uno desus brazos y apuntando a mi nariz dijo,

- ¿Quién te dio el derecho a invadir mis congelados aposentos?

- ¡Es mi heladera! –respondí al tiempo que me arrepentía de haber abierto la boca.

El hombrecito, que hasta entonces conservaba un rostro curioso, y hasta despreocupado, arqueó sus pequeñas cejas y endureció sus gestos como listo para saltar y arrancarme una oreja.

- ¡Insensato! –gruñó- ¡Y este es mi mundo! ¿Cuántas habitaciones tiene tu casa? ¿Cuántas plazas tu ciudad? ¿Cuánto de agua hay en tus mares?

Con la furia de un pequeño mico saltó sobre si mismo y me aplicó una bofetada que desvió mi vista hacia la lamparita del congelador.

- ¡Te presento a mi sol! – gritó exalando un hálito de escarcha.

Pero si el hombrecito pretendía envolverme en un sentimiento de culpa puedo asegurar que no me conmovió. Pensó que acaso podría importarme que él viviese encerrado en mi heladera y yo, ¿ingrato quizás? Teniendo todo el planeta para recorrer con mis dos largas piernas, no hacía más que ir del sofá al congelador en busca de mis cercezas. Nunca me ganaría por el lado de la compasión, ¡que me mordiera si quisiese! No sería él la víctima solitaria y presa en su mundo helado, ni yo el ingrato que le reclamara posesión aún sobre lo poco de su miseria. Y que no se atreviera con el cuento de la mejor distribución de las riquezas, la heladera era mía y siempre mía. Si le quedaba chico el ambiente, ¿y porqué no salía a caminar por la plaza?  ¿quién lo obligaba?

- ¿Quién te obliga –lo increpé- a quedarte aquí encerrado?

El hombrecito me miró de pies a cabeza y entonces supe que había tocado su tema tabú, o al menos una herida de esas que se tapan hasta que tarde o temprano salen escupidas como en la erupción de algo que hace rato tenía ganas de explotar. Pero creo que se infló de paciencia, o de nostalgia, y en vez de abofetearme una vez más sentó sus huesudas nalgas sobre mi hombro y explicó,

- Soy de tiempos anteriores a tu heladera, no me he pasado la vida respirando escarcha, ni aquí ni en el freezer de tus vecinos. Es mi primera vez en el frío. Antes caminé por las calles esquivando zapatos y hocicos de perros curiosos. ¡Nunca alguien que mirara para abajo, allí donde yo estaba! …qué frustración…. Terminé acostumbrándome a la noche, a vagar por las calles fantasmas, y a quedar hipnotizado frente al parpadeo amarillo de los semáforos. Al principio tuve paz, no podía quejarme de que nunca nadie mirara hacia abajo, tal vez porque en las horas solitarias no había nadie para hacerlo.

- Andá entonces –le dije- Andá a la noche que te espera ahí, fuera de mi heladera.

- No puedo mi amigo –gruñó el hombrecito mientras le proporcionaba un puntapié a mi oreja izquierda. Una vez cruzaba yo la avenida, un chofer de colectivos me vio, frenó, y sacando la cabeza por la ventanilla me dijo: “¿No le da vergüenza señor? Tan pequeño usted y paseándose por la ciudad, el mundo le queda grande, ¿no se lo han dicho?” y se perdió en el horizonte sembrado de faroles. Desde esa noche vivo en tu heladera, que es mi mundo, y me siento cómodo, lejos de todos. Hace tanto frío… eso es bueno.

El hombrecito agachó la cabeza como si hubiese fracaso en su intento por ganarse unos segundos de felicidad. Confieso que sentí pena, yo podía caminar por las calles, luego de mis profundas resacas, podía al menos no ser pisoteado por un zapato gigante.. o al menos eso alcancé a creerme en ese instante. El hombrecito alzó la cabeza y dijo,

- Pero soy compasivo… siento pena hoy por vos, yo aquí encontré mi lugar para esconderme del mundo, y vos allí afuera tan desprotegido, te veo todas las noches asomando la nariz en mi planeta, como si quisieras quedarte aquí viviendo, ¿tal vez te pasa lo mismo en la calle? ¿es igual que a mí? ¿te ignoran como si tuvieses la importancia de una hormiga moribunda? ¡Seré compasivo!, te invito a quedarte, hace frío aquí, y eso es bueno.

-No, gracias. –respondí.

Entonces se despidió,

- Siempre que el mundo te quede grande… ya sabés, estás invitado.

Cerré la heladera y me lavé la cara. Salí de mi casa y desde entonces comencé a caminar mis noches por las calles mágicas de la madrugada, haciendo sonar a Armstrong en mi cabeza, silbando su trompeta para que oigan los que no duermen, para recordarles esa noche como la noche en que decidí dejar de ser el hombrecito del congelador.

Guillermo Galli (c)

colon2Fue así. Cuando Colón llegó a América no desembarcó en Santo Domingo, sino a orillas de un río ancho que años después bautizarían “De la Plata”. Y no se encontró con indios emplumados ni con cacatúas multicolores, sino con una raza de nostálgicos engominados que se hacían llamar “los porteños”, a quienes ya describía Platón, al igual que a los atlantes, como un pueblo milenario y de costumbres contradictorias. Esto confirma la teoría de que los porteños existen incluso antes de la fundación de Buenos Aires.

Catorce años después del descubrimiento y en su lecho de muerte, Don Cristóbal cebábase el que presentía su último mate mientras recordaba la historia del primero, que fue más o menos así:

Ni bien Colón desembarcó en la costa del Río de la Plata, se separó del resto de la tripulación y se puso a explorar en soledad un desierto de pastizales. Así se le hizo la noche; ya estaba por volver cuando de pronto dio con una aldea sembrada de faroles y callecitas empedradas. En el medio de la aldea divisó un monolito blanco e imponente, como de unos se­senta metros de alto.

—A éste le deben rendir sacrificios cuando las cosas no van bien —reflexionó.

Ahí nomás se puso a caminar en busca de nativos. Al rato encontró un grupo de muchachos que silbaban bajito apoyados contra un farol.

—¿Y ustedes quiénes son?—preguntó Don Cristóbal.

Los muchachos se dieron cuenta de que Colón no era del barrio.

—Somos los porteños. ¿Y usted quién es?

—Soy Cristóbal Colón en persona. He leído mucho sobre ustedes, dicen que son un pueblo melancólico.

—Es cierto —le respondieron—, pero también nos gusta la milonga y el carnaval. ¿Nos acompaña?

Don Cristóbal, contento de poder participar en los rituales autóctonos decidió seguirlos. En el camino aprendió mucho sobre los nativos. Por ejemplo, que todos se llamaban Mario, Anselmo o Carlitos; que vestían ropajes, zapatos y sombreros que le parecieron muy avanzados para su época; que según los comentarios, en la aldea habitaban las mujeres más bellas del mundo. También descubrió la música, cada vez que doblaba en una esquina sus oídos sintonizaban una melodía que lo hacía añorar a los amigos que nunca había tenido, el cafetín al que nunca había entrado, y a la mujer que jamás había besado. Era ésa una extraña sensación de querer llorar un pasado que de hecho le resultaba inexistente. Además, llegó a conocer a Gilberto, un perro callejero que tenía el don de reconocer a los hombres que habían traicionado a sus amigos. Parece que todos los perros tienen esa capacidad, sólo que Gilberto era muy botón y perseguía a los traidores ladrándoles por todo el barrio.

De pronto a Colón se le ocurrió indagar:

—O sea que ustedes son los primeros habitantes de estas tierras —ya se sentía todo un antropólogo.

—No, no —contestó un porteño—. Los primeros en llegar están unos kilómetros al sur persiguiendo ñandúes con las boleadoras. Nosotros preferimos perseguir mujeres hermosas y morir de pena en un rincón cuando no logramos alcanzarlas.

—¿Y dónde están esas mujeres? —se apresuró Don Cristóbal.

—Ahí… todas en sus ventanitas.

Colón desvió la vista hacia un callejón angosto y pintoresco que no parecía terminar sino en el mismo horizonte. Sobre ambas veredas desfilaban casas de todos los tamaños y colores, en cuyas ventanas y balcones podían verse expectantes a las muchachas más bellas del mundo. Moro­chas, rubias, pelirrojas, castañas…

—¡Y eso que he viajado! —pensó Colón sin salir del asombro.

—Todas se llaman Malena, María o Margarita —le dijeron los muchachos.

Ahí nomás comenzaron a contarle sus historias con todas. Y como habían empezado a quererlo le revelaron los secretos sobre cómo chamuyarse a cada una. Colón no podía estar pasándola mejor. Todo era mágico y prometedor  hasta  que tuvo la mala suerte de enamorarse de la her­mana de uno. La vio allí, entre las demás. No sólo era la más linda, sino que además la muchacha tuvo la adultez, o la picardía, de bajarse de su ventanita y cebarle a Colón su primer mate. Se quedaron mirando largo rato, unidos apenas por una bombilla que iba y venía de los labios de los enamorados. Pero la dicha duraría poco.

—¿Cuál es tu nombre —se aventuró Don Cristóbal—, Malena, María o Margarita?

Antes que la piba pudiese responder los muchachos ya venían corriendo en una actitud poco amistosa. Uno de ellos, el hermano de la chica, traía un mate en la mano que sin dar muchas vueltas ofreció a Colón. Resultó que la yerba estaba lavada, un símbolo de desprecio criollo que Don Cristóbal no comprendió sino hasta que se vio perseguido por los muchachos, que enfurecidos le arrojaban cascotes y lo amenazaban agitando sus cuchillos. A la corrida se le sumó Gilberto, el perro delator de amigos traicioneros. Ahí Colón supo que no había nada que hacer. Resignado, corrió lo más rápido que pudo y se internó en los pastizales. Detrás suyo quedaron las luces de los farolitos y las melodías esquineras. Al rato dio un último vistazo para descubrir apenas la punta del gran monolito blanco que se alzaba en medio de la aldea. Luego partió bajo el burlón mirar de unas estrellas que nunca más lo vieron volver.

Hoy los libros aseguran “Colón murió sin saber que descubrió América”, como si fuese trágico morir ignorando que se encontró aquello que no se buscaba. Que América hoy sea América por un tal Américo, no es motivo para que Don Cristóbal se revuelque en su tumba. Las penas son en vida y al momento de morir, cuando se muere ignorando lo que siempre se quiso saber. Y Colón murió con una pena, la de no saber cómo se llamaba la mujer que le cebó su primer mate. Así fue que en su lecho de muerte encomendó su alma a Dios, y en vez de un último suspiro, guardó el aliento que le quedaba para tomar su último mate y morir pensando en Malena, en María o tal vez en Margarita.

Guillermo Galli

casa2Conocí a mis amigos del barrio una tarde aburrida y calurosa de diciembre. Me acuerdo que doblé la esquina y los vi apoyados contra el paredón de la casa de los dobermann. Días después me enteré que molestar a la pareja de perros era la alternativa cuando el aburrimiento acosaba. Pero esa tarde los dueños habían dejado a los perros en el patio de atrás. Mis amigos estaban a punto de irse a sus casas a ver televisión, entonces llegué yo, me detuve y hablamos pero la cosa no cambió mucho. Los ánimos estaban por el piso, con el calor y la humedad no daban ganas de hacer nada. Me preguntaron si tenía juguetes nuevos, les dije que no pero que conocía un juego que había jugado en mi barrio anterior: encontrar una casa abandonada y explorarla.
—En este barrio no hay casas abandonadas —dijo Sebastián.
Le contesté que en todos los barrios hay casas abandonadas, que si todas las casas estuviesen habitadas entonces no habría gente viviendo en las calles, como los cirujas o los pordioseros.
—Los cirujas viven en los caños —me respondió.
Gustavo acotó que su papá decía que los cirujas son tipos peleados con la vida.
—Entonces —continuó— es muy probable que las casas abandonadas sean las antiguas moradas de los crotos, que decidieron irse a vivir a los caños o a las plazas.
Aclarado el asunto resolvimos caminar y no parar hasta dar con una casa abandonada. El destino quiso que fuera yo quien la encontrase, escondida entre tantas otras.
—No tiene pinta de abandonada —decretó Sebastián.
—¿Y vos qué sabés? —lo enfrenté—, ¿alguna vez viste una? Seguro que sólo en las películas. Esta es una casa abandonada de verdad, no tiene murciélagos ni gatos, ni pastos crecidos llenos de bichos, pero está abandonada de verdad, estoy seguro.
—Hay casas —Gustavo dio la nota otra vez— que fueron abandonadas hace mucho tiempo por cirujas que seguro ya están muertos. Ésas tienen enredaderas y arbolitos que les crecen en los techos y están llenas de arañas y de ratas, como los castillos antiguos. Pero también hay casas que se abandonaron hace poco y que están como nuevas. Capaz que ésta era de un ciruja que hace poco que se peleó con la vida.
—Yo vi uno en la placita España, antes de ayer —cedió Sebastián.
—Debe ser ése.
Ya no había dudas. Esa casa estaba abandonada y la había descubierto yo, el día en que conocí a mis amigos. Encontramos una ventana entreabierta y logramos entrar a lo que los tres confirmamos como el living comedor. Había muy pocos muebles, apenas una mesa con dos sillas y un aparador con platos y vasos, sin adornos ni nada que indicara que el lugar estuviese habitado. Todo estaba lleno de polvo, igual que en las películas de casas abandonadas, aunque faltaban las telarañas y los muebles cubiertos de sábanas.
Nos dispersamos como un grupo de peritos policiales, cada uno se metió en un cuarto distinto a explorar. Gustavo descubrió la habitación de un niño. Había una cama pequeña y en el piso unos soldaditos desparramados.
—¡Están todos rotos! —se quejó Sebastián. Los agarró y comenzó a hacer puntería contra la bombita de luz.
Me dieron pena, pero no dije nada. Si al final era verdad, los soldaditos estaban todos rotos, como si alguien se hubiese ensañado con ellos. No servían más que para hacer puntería contra la bombita de luz. Seguí explorando, me metí en la habitación matrimonial. Mientras revolvía un cajón escuché que en la cocina Sebastián quería abrir la heladera pero Gustavo le advirtió contra los peligros de encontrar un muerto congelado. Llamé a los gritos a los dos con un collar de perlas en la mano. Apenas evaluaron mi hallazgo, Sebastián descubrió en un rincón un baúl con objetos personales. Me dolió, porque me hubiese gustado ser yo el que lo descubriese. Mientras él abría la tapa y echaba un vistazo me apuré a revolver lo que había adentro. Entre ropas apolilladas, tarjetas y souvenirs, encontré unos cuadernos antiguos atados con una piola. Era el diario íntimo de una mujer. Gustavo y Sebastián me miraron entusiasmados, ahí supe que les daba gusto haberme conocido, que la tarde calurosa y pesada de diciembre no había sido en vano para ninguno de los tres. Cortamos la piola y empezamos a leer cada uno un cuaderno. De a ratos comentábamos algún párrafo que nos parecía interesante, a veces con cierta vergüenza. Cuando oscureció decidimos dejar la casa.
—Bueno, nos llevamos el diario de la mujer —dijo Sebastián.
—No, el diario es de la casa, no se puede sacar —me apuré.
—Las cosas sin dueño son del que se las encuentra. Yo no creo que el linyera las extrañe, sino se las hubiera llevado.
—Capaz que sí las extraña, pero no se las llevó porque le ocupan mucho lugar en el morral.
—Si está peleado con la vida quiere decir que no las extraña para nada —insistió Sebastián.
—Lleváte los soldaditos si querés—cedí.
—Están todos rotos esos soldados.
Ambos miramos a Gustavo buscando una opinión.
—Los objetos de un lugar deben permanecer allí —dictaminó—. No te olvides Sebas, de lo que pasó con la momia de Tutankamon, que la sacaron de la cripta y después los arqueólogos contrajeron enfermedades mortales y otras maldiciones extrañas.
—¿Quiere decir que si nos llevamos los diarios la mujer que los escribió va a volver de la muerte para vengarse? —se burló Sebastián.
—No —lo cortó Gustavo—. Quiere decir que no nos vamos a animar a volver a entrar.
Y los tres queríamos volver, porque habíamos descubierto un refugio para las tardes calurosas y aburridas, y eso a nuestra edad era impagable.
Sebastián abandonó la idea de llevarse los diarios. Más tarde, cuando con el tiempo comenzamos a invitar amigos, amigos de amigos y primas de amigos, él sería el primer defensor de las cosas de la casa, interponiéndose ante cualquiera que quisiese llevarse algo.
Anochecía. Salimos a la calle mientras que de a poco se prendían los faroles del alumbrado público. Caminamos unas cuadras, despedimos a Gustavo que se metió en su casa y luego yo acompañé a Sebastián a la suya. Nos saludamos como amigos de toda la vida, como ésos que mañana se van a encontrar otra vez para salir a jugar. Antes de cerrar la puerta me miró compasivo y confesó:
—Yo sé porqué no querías que nos llevemos los cuadernos.
—Bueno —le dije—, pero no se lo digas a Gustavo.
—Está bien.
Caminé unas cuadras y al rato ya estaba en mi casa de nuevo. Prendí las luces, recogí los soldaditos rotos y por primera vez les pedí perdón por tantas guerras. Después agarré el collar de perlas que había dejado sobre la mesada de la cocina y me metí en la pieza de mamá para asegurarme que sus cuadernos quedaran bien guardados. Papá llegó a las diez. Cené con él unas empanadas que compró en una roticería cercana al trabajo. A la mañana siguiente no lo vi porque se fue muy temprano, pero me dejó unas tostadas en la mesa, un jarrito con leche y un saquito para hacerme un té. Después me fui a la escuela y entonces la casa quedó abandonada otra vez, pero sólo por unas horas, hasta que volvieron mis amigos.

Guillermo Galli.-

tragametierraTierra tragáme, pide, y la tierra lo absorbe en menos de lo que dura un sonrojo. Lo ven desaparecer en Belgrano o en Villa Devoto; en el lugar deja un montículo de humus semejante a un hormiguero o a la tumba improvisada de una mascota. Al rato lo vomita una maceta sin plantas que guarda en su departamento de Liniers. Después se da un baño y mientras se saca las lombrices de las orejas piensa en esa mujer con la que cada tanto se encuentra y de la que siempre huye.
Dicen que la conoció en su infancia, jugando a la mancha en el primer recreo. De pronto ella apareció delante suyo, como germinada desde alguna semilla mágica. Tropezó por esquivarla, casi se abre la cabeza contra un adoquín. Se levantó sin protestar, sintiendo que le ardían las manos y las rodillas le sangraban. Miró a la mujer, que entonces era una niña, supo que era nueva en la escuela y que le gustaba mucho. Le dijo hola. Ella le regaló de sus ojos un color indescifrable, lo tomó de las manos y le prometió un mundo dulce y desconocido. A él le temblaron las piernas, presintió en esas manos un misterio infinito; las soltó, no por apremio, sino por pudor ante lo que se figuró eterno. Entonces le ganó la vergüenza, rogó tragáme tierra y la tierra cumplió sin objetar y se lo tragó. Después de un rato apareció todo embarrado en el cantero de su casa. Al otro día volvió a la escuela, buscó a la nena en las aulas y en los recreos. Como no la encontró la buscó por el barrio y más tarde en las noches largas que vinieron junto con la adolescencia. De a poco se convirtió en un hombre que tuvo romances con la vida. Se entregó como se entregan ésos que simpatizan con la mujer que tienen al lado pero que endiosan a la que tuvieron alguna vez, sólo por amor a la fatalidad.
Una tarde mientras caminaba por una plaza sintió que el césped se resistía ante su peso. Se miró los zapatos, cuando levantó la vista volvió a ver a la nena ya hecha una mujer, tal como se la había imaginado durante tantas noches. La tomó de una mano. Cuando ella le ofreció la otra sintió el mismo pudor que el día en que la había conocido. Quiso contarle que la soñaba desde entonces, pero apenas pudo resistirse ante esos ojos que lo hacían sentir tan trascendente e indigno a la vez. De nuevo un atisbo de eternidad lo hizo temblar. Pidió tragáme tierra y la tierra se lo tragó otra vez, a la vista de las palomas y de un anciano que les daba de comer. Más tarde la ducha lo encontró arrepentido, sacándose las lombrices de las orejas.
A partir de ese día comenzó a ver más seguido a la mujer. Se la encuentra en las plazas o en los parques, la pierde siempre en el mismo lugar, cuando implora desaparecer por el rubor que le provoca la presencia femenina. Las personas que lo ven hundirse se espantan al principio, luego indagan en el cúmulo de tierra y sólo encuentran algunas palomas alrededor y a un viejo que les da de comer, que opina que nunca conoció un tipo que fuese tan vueltero con una mina.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli

almasgemelasReconocer almas gemelas no es un arte, hay claros indicios que cualquiera puede captar con un poco de buena disposición. En general las almas gemelas suelen encontrarse en lugares públicos, se confunden con el resto de la gente, pero sólo en apariencia. Si usted viaja en colectivo fíjese en los asientos dobles, no es raro que encuentre a un hombre y a una mujer de edad similar, sentados uno al lado del otro, que no se conocen y que por supuesto no se tocan, ni se miran, ni se hablan. No es raro. Menos habitual es que cada uno de ellos esté leyendo un libro. Pero bastante menos habitual es que ambos libros sean el mismo, que se titule La Metamorfosis, y que tanto el hombre como la mujer lo cierren simultáneamente en la página cuarenta y seis para suspirar en sincronía un lastimero “¡pobre Gregorio Samsa!” Ese hombre y esa mujer son almas gemelas, no lo dude. Lo mismo pasa con esos chocolates que traen mensajito adentro: a ella le toca uno que asegura Hoy conocerás al hombre de tu vida; en tanto él desenvuelve el chocolate y lee que Ella no se andará con vueltas. Así, el destino se revela a los mortales. Si usted ve un pájaro en el cielo y grita “¡Es un pájaro!”, pero al lado suyo un caballero corrige “¡Es un avión!”, y parados más allá hay dos que no se han visto nunca pero que al unísono resuelven: “¡Es Superman!”, he aquí un claro indicio de almas gemelas.
Conocí a un tal Juan que acudió a una cita a ciegas para encontrarse con una tal Patricia. Patricia acudió, pero no era la Patricia que Juan esperaba, ésa se había arreglado con el novio y dejó plantado a Juan, que no se percató del plantazo puesto que la Patricia que acudió también esperaba a un tal Juan, que ese día fue arrollado por un tren cuando iba camino a encontrarse con Patricia. Pasó que Juan y Patricia se conocieron, se enamoraron, se casaron, a los treinta años de matrimonio descubrieron la verdad y aún así no se divorciaron. Si ésas no son almas gemelas, dígame usted cuáles son.
Dejemos en claro un par de cosas. Que dos almas sean gemelas a todas luces no significa que, como en el caso anterior, queden unidas para siempre. Si las matemáticas son perfectas se debe a que la Providencia obliga a que sea así, pero el hombre ejerce su libre albedrío y por ende puede desviar el camino de la perfección hacia donde se le antoje. Si un taxista y una muchacha sentada en el asiento trasero del taxi se miran de reojo por el espejo retrovisor, se desean en esa mirada y se reconocen como almas gemelas, pero la muchacha deja de mirar al taxista porque decide serle fiel al marido, y el taxista deja de mirar a la muchacha porque decide esquivar al camión que se le viene encima, ahí tenemos un claro ejemplo de cómo el hombre —y la mujer— pueden separar por decisión propia lo que el destino pretendía unir. Si otra vez en el colectivo usted observa que dos se miran, pero que cuando ella mira, él no, y cuando él la mira, ella, sin saber que la miran, tiene los ojos en otro lado, usted sabrá que esos dos se buscan mutuamente sin saberlo. Tal vez se hayan buscado por años, quizá se intuyeron desde el mismo preescolar. Entonces el destino le pide ayuda a usted. Porque usted sabe que allí existe un claro indicio de almas gemelas, que bien podrían unirse si alguien les advirtiese que corrigieran la sincronía de sus miradas. Si ya está el hecho casi consumado, si ya casi el milagro de quienes se encuentran para enlazarse por los siglos de los siglos, el resto depende de su buena voluntad, mi amigo. Depende de sus ansias por hacer perfecto lo perfectible, de sus ganas por unir lo que debe estar unido y de lo harto que esté de ver indicios de almas gemelas por todas partes. El resto depende de usted.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli

Cómo y en qué se basó la ciencia ficción para imaginar la apariencia de las criaturas intergalácticas

1Nuestra cultura pop conoció a los extraterrestres igual que a los dinosaurios, a los indios y a los japoneses, gracias a la magia del cine y la televisión. Así fue que nos enteramos que los grandes reptiles luchaban mano a mano con los cavernícolas, que los apaches eran de piel roja y usaban plumas, que los orientales andaban todo el día en kimono y sólo comían arroz. Más tarde, dinosaurios, indios y japoneses salieron a desmentir algunos de estos mitos, por supuesto mediante nuevas películas, documentales, o programas de televisión. De igual manera, mientras esperamos que los extraterrestres nos visiten y en algún famoso talk show nos digan “aquí estamos, estos somos, mucho gusto”, la ciencia ficción tomó las riendas y se hizo cargo de darnos una idea sobre la apariencia física de las criaturas del espacio. Así como los artistas del renacimiento imaginaron ángeles y demonios, pintando bellos a unos y horripilantes a otros, la ciencia ficción diseñó la fisonomía alienígena basándose en las buenas o en las malas intenciones que los extraterrestres tuviesen para con la humanidad. A los depredadores intergalácticos se les otorgaría un aspecto horrendo, frío y voraz, mientras que a quienes viniesen en son de paz se los recompensaría con una imagen agraciada, o al menos un tanto más simpática.
A partir de estas dos variables, la imaginación se puso a trabajar y parió una extensa variedad de criaturas multiformes que enlató en platos voladores y lanzó luego al espacio exterior desde donde volvieron para quedarse aquí, en el imaginario colectivo.

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trampa en la escondida Cuidadito con querer hacer trampa en la escondida. Yo supe de una nena que cuando le tocaba contar, contaba: “Uno, dos… ¡por cinco igual a diez!”, y así tomaba por sorpresa a los jugadores antes de que tuvieran tiempo de esconderse. Pero un día contó dos por cinco y cuando abrió los ojos descubrió que los otros nenes ya estaban todos escondidos, como si de veras hubiese contado hasta diez. Asombrada y con un poco de bronca, se apoyó otra vez contra la pared y volvió a contar: “¡Dos por diez mil!” Cuando miró ya era de noche y su mamá la llamaba a comer.
Al día siguiente, en la escuela, la maestra enseñó los números negativos. Durante el recreo a la nena le tocó contar en la escondida. Apoyada contra la pared contó: “Dos por menos mil”. Abrió los ojos y descubrió que mientras contaba, el recreo había terminado, o que más bien todavía no había empezado. Entonces volvió al aula y esperó que la campana sonara otra vez. Cuando le tocó contar, contó el uno y el dos, de inmediato lo multiplicó por un negativo, por el primer número que le vino a la cabeza, uno que había oído en las conversaciones de adultos: el quichicientos. Contó “dos por menos quichicientos”.
Cuando abrió los ojos ya no estaba el patio, ni la escuela, ni la pared sobre la que había contado. El lugar parecía un desierto, como ésos con mucha arena que muestran en las películas, pero en vez de arena el suelo estaba cubierto de tierra seca y pastizales. Y en vez de hombres de turbante, la rodearon unos indios tehuelches que comenzaron a tocarla con ramitas y a tirarle piedras pequeñas. La nena supo que estaba en un tiempo que no era el suyo y sintió miedo. Quiso volver, cerró los ojos y multiplicó el quichicientos por dos. Al mirar descubrió que los indios seguían ahí, observándola. Volvió a intentar varias veces hasta que los indios se aburrieron y se fueron. Ella se dio cuenta que no podía hacer trampa en un juego en el que jugara sola. Al fin y al cabo una escondida sin otros que corran a esconderse no puede ser una escondida ni nada que se le parezca.
Junto a la nena quedaron algunos niños de la tribu. Trató de convencerlos para que corrieran a esconderse mientras ella contaba apoyada contra un árbol. Los niños no entendieron el juego, en cambio le tocaban el pelo, le acariciaban el guardapolvo y de a poquito le arrancaban los botones ya que les parecían objetos muy curiosos. Desconsolada abrazó el árbol y se puso a llorar. De pronto sintió una estampida que hizo temblar la tierra. Miró hacia un costado, vio que una turba de lanzas se dirigía a la tribu levantando polvareda. Miró a sus espaldas y descubrió que los niños ya no estaban, que todos los demás indios tampoco estaban, que hasta el cacique se había escondido. Entonces cerró bien fuerte los ojos y contó: “Uno, dos, ¡dos por quichicientos!”
Bueno, el final de la historia no lo conozco. Dicen que unos antropólogos, escarbando en un baldío de la calle Salta, encontraron un guardapolvo sin botones de más de seiscientos años. La historia de la nena fue la conclusión a la que llegaron después de un largo debate. Otros dicen que cuando la nena abrió los ojos apareció en el patio de la escuela, justo en el momento que sonó la campana de salida, y que a pesar de que estuvo pocas horas ausente y los compañeros nunca notaron su ausencia, ella jamás volvió a sentirse la misma.
Como sea, la moraleja de esta historia enseña que los niños que hacen trampa en la escondida acaban como viajeros perdidos en el tiempo. Como eternos viajeros perdidos en el tiempo.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli

ratonperez ¿Dónde estás ratón Pérez que no te puedo encontrar?, se titulaba mi primer cuento. Yo estaba intrigado porque mis amiguitos perdían dientes y recibían dinero a cambio, pero por mi casa el ratón Pérez no pasaba. Le mostré el cuento a mi madre y me dijo que el título era excesivo, que si yo preguntaba ¿dónde estás ratón Pérez? era desde ya porque no lo podía encontrar, por lo tanto decir que no te puedo encontrar estaba de más. Y también me dijo que el Ratón Pérez no existe. Así aprendí que si mis amigos recibían dinero por cada diente perdido era porque sus padres ganaban más que mi mamá, lo que les daba el lujo de inventarles a sus hijos un mundo de fantasía.
Una noche, antes de ir a dormir, se me cayó un diente. Lo puse bajo la almohada porque me daba fiaca levantarme para ir a tirarlo al tacho de basura. Me dormí. A eso de las doce sentí ruidos bajo de la cama. Me agaché para ver: ahí estaba el famoso ratón con una bolsita cargada de dientes y otra repleta de monedas. Me miró con una mezcla de travesura y tristeza. Lo pensé, o no, no sé, pero luego no me arrepentí. Me bajé de la cama, perseguí al roedor por todo el cuarto hasta que finalmente logré acorralarlo y lo aplasté con el manual de segundo grado. Tomé las dos bolsitas, tiré el ratón y los dientes al tacho de basura y puse las monedas bajo la almohada de mi madre.
Ahora el ratón Pérez no existe de verdad. Yo busco y no me canso de buscar su guarida secreta, seguramente repleta de dientes, pero también de muchas monedas que nos ayudarían a tener un mejor pasar y a comenzar a creer en un mundo de fantasía.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli

cuevadelvillanoCuando al afortunado hombre de negocios Armiño Galíndez le agarró la nostalgia quiso recuperar su primer centavo ganado. Entonces contrató a un detective especialista en objetos perdidos para que rastreara la moneda. Le ordenó que no escatimara en gastos y que no intentara engañarlo con una moneda que no era la suya porque él se daría cuenta al instante. El detective se puso en campaña partiendo de la pista que el propio Galíndez ofreció: con su primer centavo el hombre de negocios había pagado un choripan en la costanera. El detective dio con el dueño del carrito y le hizo recordar, primero por las buenas y más tarde a la fuerza, qué había hecho con ese centavo cobrado hacía más de veinticinco años. La confesión llevó al detective a un ferretero de Lanús, éste a un mozo de Corrientes al 1600, el mozo a una vedette de teatro de revista, la vedette a un almacenero de Monte Grande, el almacenero dijo que lo gastó su esposa fallecida y la finadita lo condujo desde el Más Allá a un sodero ya retirado. El detective consultó vivos y muertos, abrió alcancías y monederos, destripó colchones y se rasgó las vestiduras al descubrir que él mismo había gastado el centavo años atrás. Luego de una década de investigación dio con el paradero de la moneda. Entonces citó a Galíndez y relató al magnate, exhibiendo tickets y facturas, las peripecias por las que había pasado en busca de la moneda. Cuando Galíndez comenzaba a impacientarse, el detective le comunicó el resultado de la investigación.
—Mire, en realidad la moneda no la conseguí. Pero sé quién la tiene.
—No me diga que el Gran Bonete… —rogó Galíndez angustiado.
—La tuvo, pero se la cambió a un fulano por estampillas.
—¿Pues entonces quién la tiene?
—¿Oyó hablar de la Cueva del Villano?
—Más o menos.
El detective relató la existencia de un villano que habita una cueva en las profundidades de la ciudad. El villano es dueño y guardián de la cueva y la protege con recelo. Se dice que de ella parten decenas de túneles que no tienen salida al exterior, pero que esconden tesoros o verdades que los hombres han buscado durante milenios. Hay un túnel que conduce a los setecientos mil pergaminos de la Biblioteca de Alejandría que se creen destruidos por el fuego; hay otro que llega a la misma Atlántida; otro a los jardines del Edén; otro al Aleph que Borges presenciara en un sótano de la calle Garay; y hay una cámara llamada De Pequeños Grandes Objetos donde se exhiben, como en un museo, objetos personales que se los tuvo en poca estima hasta que se los dio por perdidos.
—Puedo jurarle que allí está su moneda, señor Galíndez.
—No jure. Vaya y consígala. Pagaré lo que sea. Pida ticket o factura.
—Lo que usted desea es imposible.
—Entonces que le firmen algún recibito…
—Nadie conoce la entrada a la Cueva del Villano. Se la buscó mucho más que a su moneda. Encontrarla es más difícil de lo que parece. Imagínese, sólo existe una entrada y después de ella el acceso a todos los tesoros perdidos de los hombres. Esa puerta debe estar bien escondida y muy custodiada.
—Olvídese de los tickets. Pague, soborne, chantajee a quien sea. Encuentre esa cueva. Yo quiero mi moneda.
Galíndez entregó poco a poco todas sus monedas para recuperar la primera. Al final murió en la miseria, como mueren aquellos que dan todo por las causas perdidas.
Mientras tanto, la entrada a la Cueva del Villano sigue siendo un misterio. Los actuales investigadores no bajan los brazos sino que están ilusionados; ahora saben que de una forma u otra la fortuna de Galíndez fue a parar a la Cueva, y siguen una pista, la que apunta a un detective especialista en objetos perdidos.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli