<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>La budinera</title>
	<atom:link href="http://www.labudinera.com/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://www.labudinera.com</link>
	<description>Ficción criolla</description>
	<lastBuildDate>Tue, 04 Oct 2011 02:11:09 +0000</lastBuildDate>
	<generator>http://wordpress.org/?v=2.8.1</generator>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
			<item>
		<title>Libro que muerde</title>
		<link>http://www.labudinera.com/2011/09/libro-que-muerde/</link>
		<comments>http://www.labudinera.com/2011/09/libro-que-muerde/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 01 Oct 2011 02:39:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guille Galli</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.labudinera.com/?p=56</guid>
		<description><![CDATA[Dicen que los libros no muerden. Yo digo que libro que ladra no muerde. Pero no todos los libros ladran, ojo. Hay un libro llamado Anselmo que es calladito pero en cuanto te descuidás te lanza el tarascón. Porque muchos libros son guapos cuando están en la estantería y hacen más barullo que estornudo de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-53" style="margin: 6px;float:left" title="libroquemuerde" src="http://www.labudinera.com/wp-content/uploads/2009/07/libroquemuerde.jpg" alt="libroquemuerde" width="222" height="173" />Dicen que los libros no muerden. Yo digo que libro que ladra no muerde. Pero no todos los libros ladran, ojo. Hay un libro llamado Anselmo que es calladito pero en cuanto te descuidás te lanza el tarascón. Porque muchos libros son guapos cuando están en la estantería y hacen más barullo que estornudo de bibliotecario, pero si los tomás para hojearlos son mansitos y perfectamente domesticables. Anselmo no. Cierta vez, una señora muy confiada lo tomó de las tapas susurrándole cosas como ¡ay qué bonito libro! ¡Ay qué ternura de libro! ¡Ay qué belleza, mi amor! Y ahí nomás Anselmo le cerró las tapas en los dedos con la fuerza de la prensa que lo parió. Tuvieron que llamar a los paramédicos. Al libro lo encerraron en el subsuelo, con los incunables. No, si era bravo.</p>
<p>Una vez se la agarró con otro libro de la biblioteca. Mario se llamaba el otro. Era como Anselmo, no ladraba nunca, permanecía en los anaqueles rodeado de libros que eran unos quilomberos, que se la pasaban protestando por las condiciones edilicias de la biblioteca o por la poca cultura de los lectores, y que de vez en cuando amenazaban con hacer una revolución. Pero Mario permanecía inmutable, concentrado en el lomo de Anselmo que reposaba en el anaquel de enfrente. Ya el bibliotecario había notado que ambos libros se profesaban un odio sincero y cultivado. Un odio de esos que se alimentan de silencios y de miradas inquebrantables, que crecen de a poquito en la sombra sin hacer mucho espamento. Así que el hombre tuvo la buena intención de mover a Mario a otro ana­quel para evitar una desgracia. Apenas acercó la mano el libro le lanzó una mordida que casi le cuesta tres dedos. Que se arreglen -rezongó asustado el bibliotecario-, alguno de los dos va a terminar mal.</p>
<p>Así fue que una noche Mario pegó el salto hacia el anaquel de enfrente, donde Anselmo ya lo esperaba con las tapas abiertas. Dicen los otros libros que fue una lucha encarnizada, que se trenzaron a mordisco limpio envueltos en la nube de polvo que despidieron sus cuerpos al estrellarse. Volaron frases enteras arrancadas de las páginas mal heridas, y aun así no se escuchó ni una palabra de los luchadores, ni un quejido que advirtiese debilidad en su costumbre de no ladrar. Al día siguiente el pasillo de la biblioteca amaneció cubierto de hojas. El bibliotecario se encargó de juntar los restos de papel y cartón. Más tarde confesó que le había costado reconocer a quién pertenecían. Recién cuando encontró las tapas de Mario, que agonizaba en el suelo, supo que el vencedor había sido Anselmo, que estaba otra vez en su anaquel, maltrecho pero más imperturbable que nunca. A Mario lo metieron en la bolsa de desperdicios de la fotocopiadora. Al reciclaje, le dijeron. Asomado en el carrito de la basura alcanzó a susurrar que volvería siendo millones. En realidad todos los libros sabían que Mario hubiese querido morir en una quema, como mártir y como prohibido, no de esa forma tan deshonrosa y tan moderna.<br />
Como dije, luego del incidente con la señora muy confiada Anselmo fue condenado al subsuelo donde los incunables. Y aunque al principio se sintió orgulloso porque entendió &#8220;incurables&#8221;, pronto se vio rodeado de viejos mañosos que si no ladraban era por falta de aliento. Hace años que Anselmo está ahí abajo, pocos los saben. Algún día habrá un hombre buenudo que intente sacarle el polvo. Mirará a Anselmo con cariño por creerlo obsoleto e invaluable, creerá que los libros no muerden y esperará, ingenuo, a que ladre.</p>
<p><em>De </em><a title="Trampa en la escondida" href="http://www.labudinera.com/2009/07/trampa-en-la-escondida/" target="_self"><em>Trampa en la escondida</em></a><em> &#8211; Guillermo Galli</em></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.labudinera.com/2011/09/libro-que-muerde/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>2</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Limites</title>
		<link>http://www.labudinera.com/2011/09/limites_i/</link>
		<comments>http://www.labudinera.com/2011/09/limites_i/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 17 Sep 2011 13:12:23 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guille Galli</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.labudinera.com/?p=156</guid>
		<description><![CDATA[Dentro del punto de una letra i ubicada en la página treinta y seis del libro &#8220;Cocinando con Choly Berreteaga&#8221; existe un pequeño universo. Más pequeños aún son los seres inteligentes que habitan una de las millones de galaxias de dicho punto. Escapar de los límites del minúsculo círculo negro les llevaría a esos seres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-169" style="margin: 10px;" title="letra_i" src="http://www.labudinera.com/wp-content/uploads/2010/11/image004.jpg" alt="letra_i" width="136" height="102" />Dentro del punto de una letra i ubicada en la página treinta y seis del libro &#8220;Cocinando con Choly Berreteaga&#8221; existe un pequeño universo. Más pequeños aún son los seres inteligentes que habitan una de las millones de galaxias de dicho punto. Escapar de los límites del minúsculo círculo negro les llevaría a esos seres unos ciento cincuenta mil billones de años viajando a la velocidad de la luz, por lo tanto han llegado a la conclusión de que el universo entero no es más grande que el punto de esa i. Pero sucede que ellos también poseen libros de cocina, y que también dentro de una página treinta y seis existe una letra i que alberga a su vez otro universo, tan parecido al que lo contiene, con seres más o menos racionales, que también leen libros de cocina, con muchas letras i e igual cantidad de puntos encima de ellas.<br />
Los habitantes de uno y otro universo se verán las caras a diario, sin verse; decretarán qué tan grande es lo más grande y qué tan pequeño puede ser lo más pequeño. Y cuando alguna vez, consultando una receta de Choly Berreteaga, sospechen más o menos todo éste asunto, se dirán que el universo entero es tan grande como el punto de una i, y no más, y que los libros de Choly tienen acaso miles de puntos, todos completamente deshabitados.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.labudinera.com/2011/09/limites_i/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Mensaje en un boleto</title>
		<link>http://www.labudinera.com/2011/09/mensaje-en-un-boleto/</link>
		<comments>http://www.labudinera.com/2011/09/mensaje-en-un-boleto/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 15 Sep 2011 00:51:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guille Galli</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.labudinera.com/?p=95</guid>
		<description><![CDATA[No es nuevo eso de enrollar el boleto y meterlo en algún hueco del asiento de adelante. ¿Vos pensás que es nuevo? Para nada. Antiguamente los boletos de colectivo eran un auténtico medio de comunicación. La gente escribía cosas en su anverso, eran como botellas al mar. Todo lo que fuese un mensaje desesperado se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-53" style="margin: 7px 6px; text-align: left;" title="boleto" src="http://www.labudinera.com/wp-content/uploads/2009/10/boleto.jpg" alt="boleto" width="96" height="204" />No es nuevo eso de enrollar el boleto y meterlo en algún hueco del asiento de adelante. ¿Vos pensás que es nuevo? Para nada. Antiguamente los boletos de colectivo eran un auténtico medio de comunicación. La gente escribía cosas en su anverso, eran como botellas al mar. Todo lo que fuese un mensaje desesperado se escribía en un boleto y se colocaba en alguna rendija del asiento de adelante. Entonces, si un día amanecías peleado con la vida, podías subirte al bondi con un lápiz en el bolsillo, pedir hasta la terminal y dedicar el viaje a escribir tu descargo. Si por el contrario te sentías satisfecho y hasta caritativo, desenrollabas cualquier boleto que tuvieras adelante y leías cosas como “<em>quien lea esto sepa que estoy muy solo y que voy a la deriva”</em>. Así bendecías tu buena suerte, te compadecías del pobre hombre y de paso te enterabas que la vida no es un carnaval, ni mucho menos.</p>
<p>De a poco la gente descubrió que en general los asientos eran ocupados por los mismos pasajeros. Este hallazgo despertó el ingenio de unos cuantos, que comenzaron a dejar mensajes secretos con destinatario. Así podías encontrarte con un “<em>Alberto abrí los ojos que tu mujer te engaña” </em>o con un “<em>cuidáte</em><em> </em><em>Juan Carlos que Matilde te está haciendo magia negra”.</em><em> </em>Pero el método no era infalible. La posibilidad de que Juan Carlos de Recoleta no se subiese a ese colectivo y en cambio lo hiciese su tocayo de Lanús, que éste leyese el mensaje que no era para él sino para el otro, era remota pero no imposible. ¿Y quién no conoce alguna Matilde dispuesta a clavarle los alfileres a algún Juan Carlos? Estas confusiones provocaron un malestar general en sociedad, lo que obligó a los choferes a prohibir la escritura y abandono posterior de boletos. De esta manera fueron desapareciendo las botellas al mar y los mensajes personalizados. Sin embargo la costumbre no caducó sino que pasó a la clandestinidad. El boleto comenzó a utilizarse como herramienta del espionaje internacional. Los agentes secretos de distintos países viajaban a Buenos Aires sólo para intercambiar boletos con información confidencial. Años más tarde, con la profesionalización de las palomas mensajeras, los mensajes secretos en los boletos pasaron de moda. Otra vez el común de la gente volvió a escribir en ellos, aunque el tema ya no sería el desengaño ni el secreto militar, sino el amor. Los espías fueron reemplazados por hordas de mu­chachos enamorados que buscaban en el colectivo a la mujer de sus sue­ños. Los asientos se llenaron de boletos incrustados con piropos y confe­siones de amor eterno. Cuando un enamorado quedaba alucinado con una chica sentada, por ejemplo, en el asiento de al lado, le indicaba con la mirada que el boleto que tenía delante suyo era para ella y sólo para ella. La muchacha solía desenrollarlo y encontraba allí un piropo que le sacaba una sonrisa y que daba pie para pasar a mayores.</p>
<p>Si bien los colectivos fueron cuna de centenares de matrimonios felices y de amantes apasionados, no eran pocas las veces que una muchacha desenrollaba un boleto y se encontraba con alguna frase pasada de tono o con algún piropo que simplemente no era para ella por contradecirse con su pelo, con sus ojos, con el escote o con su mismo sexo. El riesgo de que esto pasase hizo que con el tiempo sólo los valientes o los caraduras se animaran a invitarle un boleto a la mujer deseada. Para colmo surgió la mala costumbre de dejar escritos insultos y groserías, destinadas en general a los pocos ilusos que todavía se atrevían a desenrollar boletos. Final­mente ya nadie se tomó el trabajo de abrir un boleto enrollado. Los piro­pos se dijeron sin tapujos, en persona y por la calle; los insultos terminaron escribiéndose en las puertas de los baños públicos, donde no queda otra que leerlos. Hoy la gente sigue dejando los boletos en el colectivo, pero no escribe nada en ellos. Si se enrollan y se clavan en el asiento de adelante es porque tirarlos al piso resulta poco ecologista y guardárselo en el bolsillo es acumular basura.</p>
<p>Igual no falta quien todavía se anime a encontrar algo escrito en un boleto. Yo mismo me enamoré una tarde de una chica en el 60. Como hiciesen mis abuelos antaño, le indiqué con la mirada que el boleto enrollado delante suyo era para ella y sólo para ella, con la secreta esperanza de que así fuese. A duras penas logró sacarlo, estaba tan apolillado que casi se le deshace entre los dedos. Lo desenrolló y leyó <em>araca, que Hitler pretende invadir Polonia</em>. La muchacha resultó ser coleccionista de antigüedades. Así me gané su sonrisa. Después bajamos y nos fuimos a tomar un café juntos.</p>
<p><em>De </em><a title="Trampa en la escondida" href="http://www.labudinera.com/2009/07/trampa-en-la-escondida/" target="_self"><em>Trampa en la escondida</em></a><em> &#8211; Guillermo Galli</em></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.labudinera.com/2011/09/mensaje-en-un-boleto/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Stop motion &#8211; Test II</title>
		<link>http://www.labudinera.com/2010/11/stop-motion-test-ii/</link>
		<comments>http://www.labudinera.com/2010/11/stop-motion-test-ii/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 28 Nov 2010 20:12:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guille Galli</dc:creator>
				<category><![CDATA[Videos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.labudinera.com/?p=184</guid>
		<description><![CDATA[Aqui van las primeras pruebas que hice hace un año con la armadura que construimos con mi suegro.

En este segundo test  reuno varios clips que fui armando con el objetivo  de aprender stop motion. La meta era, una vez más, la práctica, la  prueba y error, el testeo de la armadura y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Aqui van las primeras pruebas que hice hace un año con la armadura que construimos con mi suegro.</p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="460" height="292" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/DMzjQ9w3VPM?version=3&amp;hl=es_ES&amp;rel=0&amp;hd=1" /><param name="allowfullscreen" value="true" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="460" height="292" src="http://www.youtube.com/v/DMzjQ9w3VPM?version=3&amp;hl=es_ES&amp;rel=0&amp;hd=1" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true"></embed></object></p>
<p>En este segundo test  reuno varios clips que fui armando con el objetivo  de aprender stop motion. La meta era, una vez más, la práctica, la  prueba y error, el testeo de la armadura y el funcionamiento de sus  partes, y en este caso la sincronización de los movimientos con la  música. Espero sepan obviar el parpadeo en varios de los clips, no fue  la intención disminuirlo ni eliminarlo en este caso, con decir que  algunas veces hacía las pruebas con la ventana abierta <img src='http://www.labudinera.com/wp-includes/images/smilies/icon_razz.gif' alt=':-P' class='wp-smiley' />  En la próxima  llevaré a la práctica lo que aprendí al respecto.<br />
Para quien como yo  recién esté incursionando en esta apasionante técnica, les comento hice  entre dos y seis pruebas por cada clip para lograr el final, que por  supuesto sigue teniendo imperfecciones, y cada prueba me puede llevar  entre 1 y 5 horas. Lejos de querer desanimar, la idea es compartir la  experiencia y afirmar que esta técnica requiere de mucha paciencia y de  muchas, muchas ganas de perfeccionarse. Les cuento que utilicé el soft  stop motion pro 4 para la captura, con una Webcam Logitech Pro 9000 y  para la edición el Sony Vegas 7. La mayoría de los sonidos los obtuve de  Freesounds.org. Para nociones básicas de animación, recomiendo mucho el  libro &#8220;Arte y técnica de la animación&#8221; de Rodolfo Sáez Valiente.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.labudinera.com/2010/11/stop-motion-test-ii/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Principios de animación (stop motion) Parte I</title>
		<link>http://www.labudinera.com/2010/11/principios-animacion-1/</link>
		<comments>http://www.labudinera.com/2010/11/principios-animacion-1/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 27 Nov 2010 03:18:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guille Galli</dc:creator>
				<category><![CDATA[Videos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.labudinera.com/?p=162</guid>
		<description><![CDATA[Mover no es animar. Así lo dijo el maestro Sáenz Valiente y, como es de confiar, armé este video que pretende ser un compilado de algunos de los principios básicos de la animación que así lo demuestran. En esta primera parte vemos los relacionados con las leyes físicas: timing, asceleración desaceleración, arcos, solapamiento y arrastre. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Mover no es animar. Así lo dijo el maestro Sáenz Valiente y, como es de confiar, armé este video que pretende ser un compilado de algunos de los principios básicos de la animación que así lo demuestran. En esta primera parte vemos los relacionados con las leyes físicas: timing, asceleración desaceleración, arcos, solapamiento y arrastre. </p>
<p><object width="460" height="283"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/p998wKewLGE?fs=1&amp;hl=es_ES&amp;hd=1"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/p998wKewLGE?fs=1&amp;hl=es_ES&amp;hd=1" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="460" height="283"></embed></object></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.labudinera.com/2010/11/principios-animacion-1/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Principios de animación &#8211; Parte II</title>
		<link>http://www.labudinera.com/2010/11/principios-de-animacion-parte-ii/</link>
		<comments>http://www.labudinera.com/2010/11/principios-de-animacion-parte-ii/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 26 Nov 2010 17:01:04 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guille Galli</dc:creator>
				<category><![CDATA[Videos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.labudinera.com/?p=191</guid>
		<description><![CDATA[En esta segunda parte vemos los principios de la animación relacionados  con la interpretación, tales como exageración, puesta en escena,  anticipación, acción secundaria, y una breve descripción de los &#8220;power  centers&#8221;,﻿ un recurso que nos puede ser de mucha utilidad.

]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En esta segunda parte vemos los principios de la animación relacionados  con la interpretación, tales como exageración, puesta en escena,  anticipación, acción secundaria, y una breve descripción de los &#8220;power  centers&#8221;,﻿ un recurso que nos puede ser de mucha utilidad.</p>
<p><object classid="clsid:d27cdb6e-ae6d-11cf-96b8-444553540000" width="460" height="292" codebase="http://download.macromedia.com/pub/shockwave/cabs/flash/swflash.cab#version=6,0,40,0"><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/nnaP3UV80rE?version=3&amp;hl=es_ES&amp;rel=0&amp;hd=1" /><param name="allowfullscreen" value="true" /><embed type="application/x-shockwave-flash" width="460" height="292" src="http://www.youtube.com/v/nnaP3UV80rE?version=3&amp;hl=es_ES&amp;rel=0&amp;hd=1" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true"></embed></object></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.labudinera.com/2010/11/principios-de-animacion-parte-ii/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Froilán Gómez</title>
		<link>http://www.labudinera.com/2010/07/froilan-gomez/</link>
		<comments>http://www.labudinera.com/2010/07/froilan-gomez/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 07 Jul 2010 11:44:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guille Galli</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.labudinera.com/?p=143</guid>
		<description><![CDATA[Hubo quien dijo que el tiempo sólo transcurre cuando nos olvidamos de su existencia. Como un ladrón de guante blanco que opera en la oscuridad y en el momento en que nadie lo advierte, así el tiempo, pensaba Froilán Gómez. Eso explica, dijo muy entusiasmado una vez y en el acto perdió diez segundos de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-144" style="margin: 4px;" title="vintage-clock" src="http://www.labudinera.com/wp-content/uploads/2010/07/vintage-clock.jpg" alt="vintage-clock" width="190" height="239" />Hubo quien dijo que el tiempo sólo transcurre cuando nos olvidamos de su existencia. Como un ladrón de guante blanco que opera en la oscuridad y en el momento en que nadie lo advierte, así el tiempo, pensaba Froilán Gómez. Eso explica, dijo muy entusiasmado una vez y en el acto perdió diez segundos de su tiempo, porqué una fiesta dura tan poco y en cambio la clase de trigonometría se hace interminable. Cuando festejamos, cuando descorchamos, cuando bailamos con la más linda, entonces el tiempo acecha y así se pasa la vida, rápido. En el preciso instante en que clavamos los ojos en el reloj pulsera con la intención de hacerlo avanzar, justo antes de lamentarnos, el tiempo se detiene, se dilata desde y hacia el infinito. Que las agujas del reloj sigan girando mientras las miramos no es más que una ilusión óptica, como lo es el universo cuando nos hace creer que tuvo un principio y que acaso tendrá un final. Al mirar el reloj el tiempo se detiene de verdad, por más que las agujas giren. Froilán explicaba, y en esta pasión perdía siete segundos de tiempo, que la mortalidad del hombre era causada por la poca frecuencia en que éste daba un vistazo a su reloj; cada instante en que elevamos los ojos al reloj de la cocina somos un ratito eternos, logramos congelar el tiempo. Sin embargo el tiempo, ni lerdo ni perezoso, nos cobra luego, durante un buen plato de ravioles.</p>
<p>En realidad la postura de Froilán no tenía ni un ápice de innovadora. Predicaba lo que todos ya sabemos: cuando nos concentramos en que pase, el tiempo no pasa más. El resto de las veces, es decir, cuando vivimos, se pasa volando. Sin embargo el mérito de su discurso fue el mismo que el de aquellos hombres que la historia recordará por haber llevado a la práctica su propia prédica. Así lo hizo Froilán. Exaltado por la idea compró un reloj (en este acto perdió treinta y dos minutos) de tal magnitud que sentado frente a él no pudiese ni mirar ni pensar en otra cosa más que en el movimiento de sus agujas. Pretendía así detener su propio tiempo. Luego se sentó frente al reloj y se puso a observar. No comió, ni bebió, ni concedió entrevistas. No pestañó, no soñó despierto, no pensó en otra cosa que no fuese el paso del tiempo.</p>
<p>Así transcurrieron los años y también los minutos, siempre más longevos que los primeros, pero no para Froilán, sí para el resto de los hombres. Una tarde el reloj se detuvo, tal vez por una falla mecánica. En ese instante Froilán tomó conciencia de la situación. Presintió que sus amigos y sus detractores habrían fallado, como el reloj, que por lo tanto estarían muertos, que la ciudad sería otra, que los tiempos eran otros pero que él estaba más allá de eso. Se sintió libre y se dijo eterno. Había vencido su propio tiempo, lo había detenido, quién sabe por cuántas décadas, con sólo pensar en él. Esbozó una sonrisa, brindó un aplauso que hizo eco en sus oídos y se paró sobre la silla para festejar la victoria. Apenas bailó, rebosante de alegría y frente a un reloj desvencijado. Se deleitó en el insípido baile y entre el segundo y el tercer paso de sus pies el tiempo regresó, como ladrón en la noche, cobrándose en un instante todo lo que en realidad era suyo.</p>
<p>Froilán Gómez murió a los ciento ochenta y dos años, inmediatamente después de haber vivido.</p>
<p>(c) Guillermo Galli.-</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.labudinera.com/2010/07/froilan-gomez/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>La brisa del tiempo</title>
		<link>http://www.labudinera.com/2010/06/la-brisa-del-tiempo/</link>
		<comments>http://www.labudinera.com/2010/06/la-brisa-del-tiempo/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 24 Jun 2010 21:25:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guille Galli</dc:creator>
				<category><![CDATA[Videos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.labudinera.com/?p=152</guid>
		<description><![CDATA[Este corto lo realizaron estudiantes de cine de la ciudad de Córdoba, adaptando mi cuento &#8220;La brisa del tiempo&#8221; de &#8220;Trampa en la escondida&#8221;.

]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Este corto lo realizaron estudiantes de cine de la ciudad de Córdoba, adaptando mi cuento &#8220;La brisa del tiempo&#8221; de &#8220;Trampa en la escondida&#8221;.</p>
<p><object width="480" height="385"><param name="movie" value="http://www.youtube.com/v/l-wD9du-YzU?fs=1&amp;hl=es_ES"></param><param name="allowFullScreen" value="true"></param><param name="allowscriptaccess" value="always"></param><embed src="http://www.youtube.com/v/l-wD9du-YzU?fs=1&amp;hl=es_ES" type="application/x-shockwave-flash" allowscriptaccess="always" allowfullscreen="true" width="480" height="385"></embed></object></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.labudinera.com/2010/06/la-brisa-del-tiempo/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Fragmentos de terapia</title>
		<link>http://www.labudinera.com/2010/05/fragmentos-de-terapia/</link>
		<comments>http://www.labudinera.com/2010/05/fragmentos-de-terapia/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 27 May 2010 03:25:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guille Galli</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.labudinera.com/?p=140</guid>
		<description><![CDATA[— Mire, Doctor. El infierno bien podría ser un eterno viaje en colectivo.
— Ajá. ¿En qué línea, por ejemplo?
— En el 59, por ejemplo.
— ¿Un viaje hacia dónde?
— Bueno, el 59 llega hasta Barracas, pero una vez que llegase a la terminal, el colectivo pegaría media vuelta y regresaría hasta la otra terminal, en Munro [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-141" style="margin: 8px;" title="inferus" src="http://www.labudinera.com/wp-content/uploads/2010/05/inferus.jpg" alt="inferus" width="168" height="167" />— Mire, Doctor. El infierno bien podría ser un eterno viaje en colectivo.</p>
<p>— Ajá. ¿En qué línea, por ejemplo?</p>
<p>— En el 59, por ejemplo.</p>
<p>— ¿Un viaje hacia dónde?</p>
<p>— Bueno, el 59 llega hasta Barracas, pero una vez que llegase a la terminal, el colectivo pegaría media vuelta y regresaría hasta la otra terminal, en Munro con todo el pasaje de condenados a bordo. Y de allí de nuevo a Barracas. Un viaje interminable.</p>
<p>— ¿Y qué pasa si usted toca timbre?</p>
<p>— Nada. El chofer le indica que ahí no hay parada y no le abre la puerta.</p>
<p>— Entiendo. Pero supongo que se detendrá en los semáforos…</p>
<p>— Como siempre, claro.</p>
<p>— … y eso daría la oportunidad a los pasajeros de arrojarse por las ventanillas.</p>
<p>— ¿Dónde ha visto que un pasajero haga eso?</p>
<p>— No lo he visto, pero recuerde que dicho colectivo representa el mismo infierno.</p>
<p>— El bondi no es el infierno. El infierno es el viaje.</p>
<p>— Ajá.</p>
<p>—¿Entiende?</p>
<p>— Si.</p>
<p>— Usted se sube a un colectivo y por más que esté descontento con el viaje, no se tira por la ventana. A lo sumo toca el timbre y espera a que chofer se detenga y abra las puertas. O le dice, <em>chofer, ¿me puedo bajar acá?</em>.</p>
<p>— Pero el chofer no lo bajaría. Ni <em>acá</em> ni en la parada.</p>
<p>— No.</p>
<p>— ¿Y cómo reacciona usted?</p>
<p>— No sé. ¿Usted se tira por la ventana?</p>
<p>— No.</p>
<p>— ¿Lo ve? Nadie se tira por la ventana.</p>
<p>— Ya sé, pero en un caso extremo…</p>
<p>— ¿Se está prendiendo fuego el vehículo?</p>
<p>— No, pero el viaje es interminable.</p>
<p>— Cosa de todos los días. Y nadie se arroja del colectivo por eso.</p>
<p>— No, pero se amarga, putea bajito, o insulta al chofer, o al tránsito, o a su mala suerte…</p>
<p>— O le dice al pasajero de al lado <em>es imposible viajar…</em></p>
<p>— O mira reiteradas veces por la ventanilla, a ver qué pasa adelante que el colectivo no se mueve…</p>
<p>— O manda un mensajito de texto <em>llego tarde</em>, o <em>no llego</em>…</p>
<p>— Así es.</p>
<p>— Pero nadie se tira por la ventanilla. Acordemos.</p>
<p>— Ajá. No. Nadie se tira por la ventanilla.</p>
<p>— Nunca. No se hace en vida cuando el tiempo apremia, mire si se va a hacer en la muerte, cuando tiempo es lo que sobra.</p>
<p>— Ajá. No. Si. Es cierto. Pero uno la pasa muy mal.</p>
<p>— Y bueno. Qué quiere. Es el infierno.</p>
<p>— Si.</p>
<p>— En el infierno se la pasa mal.</p>
<p>— Si. Igual puede entretenerse mirando por la ventanilla. Yo hago eso cuando el viaje es largo.</p>
<p>— Sería muy aburrido ver siempre lo mismo.</p>
<p>— Depende. Véale el lado positivo. Una eternidad viajando en el mismo colectivo. Usted sería testigo, tras la ventanilla,  de los cambios en la cultura, la historia, la arquitectura, la política de la humanidad.</p>
<p>— No. ¿Cómo? El viaje es siempre el mismo.</p>
<p>— Desde Barracas a Munro y desde Munro a Barracas, pero…</p>
<p>— Pero nada. El viaje es siempre el mismo. Si a la altura de Cabildo y Juramento usted ve un perro faldero con un moño rojo que intenta treparse a su dueña dando saltitos, en el siguiente viaje verá al mismo perro faldero, con el mismo moño rojo y la misma dueña en la mismísima esquina de Cabildo y Juramento.</p>
<p>— Comprendo. Aunque debemos reconocer que cuando uno viaja en colectivo se pierde infinitos detalles que están ahí a la vista, y que, en una inspección más detallada podríamos descubrirlos y así pasar mejor el viaje.</p>
<p>— Infinitos detalles no. Millones de detalles, tal vez, pero no infinitos.</p>
<p>— No infinitos, claro.</p>
<p>— Sólo el viaje es infinito, es eterno, recuerde.</p>
<p>— Si.</p>
<p>— Por ende, cuando no haya más detalles que descubrir en nuestro viaje de Munro a Barracas, el viaje comenzaría a hacerse cada vez más y más aburrido, por los siglos de los siglos, y así.</p>
<p>— Sería un infierno.</p>
<p>— Sería el infierno.</p>
<p>© Guillermo Galli</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.labudinera.com/2010/05/fragmentos-de-terapia/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Ni conejos blancos, ni novias para los solitarios</title>
		<link>http://www.labudinera.com/2010/05/ni-conejos-blancos-ni-novias-para-los-solitarios/</link>
		<comments>http://www.labudinera.com/2010/05/ni-conejos-blancos-ni-novias-para-los-solitarios/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 20 May 2010 07:22:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guille Galli</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuentos]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.labudinera.com/?p=136</guid>
		<description><![CDATA[Fue compañero mío de la escuela. ¿Viste esos que se traen de todo en la cartuchera? Bueno, así era Santiago. Tenía una cartuchera chiquita, pero que explotaba de todo lo que guardaba adentro. En general ese tipo de pibes son los que comúnmente conocemos como “el traga”. Santiago no era la excepción. Sentado siempre en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-full wp-image-137" style="margin: 6px;" title="eltraga" src="http://www.labudinera.com/wp-content/uploads/2010/05/eltraga.jpg" alt="eltraga" width="155" height="180" />Fue compañero mío de la escuela. ¿Viste esos que se traen de todo en la cartuchera? Bueno, así era Santiago. Tenía una cartuchera chiquita, pero que explotaba de todo lo que guardaba adentro. En general ese tipo de pibes son los que comúnmente conocemos como “el traga”. Santiago no era la excepción. Sentado siempre en la primera fila, cerca de la maestra, guardapolvo muy blanco sin una arruga, zapatos lustrosos y la mirada siempre atenta, siempre lista. Igual que la cartuchera. La diferencia de Santiago con muchos otros de su especie es que no era para nada amarrete. Si vos te olvidabas, por ejemplo, el compás, o el semi circulo, él abría su cartuchera con una prolijidad litúrgica, como cuando el cura te da la ostia, ¿viste? Como prestando un servicio sacro. Y no es que él se quedase sin el compás, o sin el semicírculo, no señor, el siempre tenía el suyo, que por supuesto era más lindo que el que prestaba. Si él usaba una Parker, te prestaba una 303, si él borraba con una goma nueva, te prestaba una mas viejita, gastadita. Pero ojo, todo lo que prestaba siempre andaba, siempre te venía al pelo. Te sacaba de apuros, eso es innegable. Lo que él tenía eran repuestos. Me acuerdo que yo me imaginaba a la mamá diciéndole “llevate otra, no sea cosa que se te acabe la tinta”, y seguro le encajaba una lapicera, un lápiz, un sacapuntas o una regla en esa cartuchera que no daba más de lo cargada que estaba. Eso me imaginaba yo. Aunque a veces me parecía que esa madre debía tener una obsesión bastante grave con que al hijo le fallara uno de sus útiles escolares. Fijate, una vez estábamos en la clase de plástica y yo me había olvidado el lápiz cero cinco. En realidad, esa mañana mientras desayunaba,  me acordé que lo había dejado en la mesita de luz, pero pensé para mis adentros que “total, Santiago me presta uno”. Así la confianza ciega que depositaba en su servicio. Porque era un servicio, eso es indiscutible. El asunto es que en la clase de plástica, cuando la maestra dijo que saquemos el lápiz, yo busqué con la mirada a Santiago, que se sentaba tres bancos delante de mí. ¿Y qué veo? Que Marcelo estaba parado a su lado, con la mano tendida, y que Santiago revuelve en su cartuchera, que saca un lápiz medio gastadito y se lo entrega a Marcelo, que se va conforme a sentar a su banco y en el trayecto pasa al lado mío, con el lápiz cero cinco en la mano, ese que yo tenía la confianza de que era para mí. Tanta bronca me dio que me levanté, violento, haciendo todo el ruido que pude. Encaré hacia el banco de Santiago y me planté a su lado. “¿No tenés un lápiz de más?”, le pedí, o le exigí más bien, casi gritando, como si él me debiera, como si yo le pagase mensualmente un seguro contra el olvido de útiles escolares. “Ese”, le dije, mostrándole el que tenía preparado sobre la hoja Canson nº 5. “No”, fue tajante, “ese es mío”. Entonces abrió otra vez su cartuchera, revolvió, revolvió mucho haciendo ese ruido tan característico que ya todos conocíamos y sacó un lápiz, otro lápiz cero cinco, uno que era para mí.<br />
Más vale que en todas las escuelas hay pibes que traen de todo en la cartuchera y que siempre tienen algo para prestarte. Pasan los años y uno se olvida de ellos, como de casi todos los demás. Pero de Santiago me acuerdo a menudo. Es que una mañana pasó algo en el aula, creo que es lo que lo mantuvo lejos del anonimato por muchos años. Fue esa vez que la maestra avisó que al día siguiente tomaría examen de aritmética. Por iniciativa de Giachino, todo el curso se confabuló para dejarse olvidado en casa el semicírculo, en un intento de hacerle creer a la maestra en las grandes casualidades. El acuerdo fue unánime, todos resolvimos que la medida de fuerza era justa, todos menos Santiago, que esa mañana había faltado debido a un fuerte cuadro gripal. Al otro día la maestra cumplió con lo prometido y ordenó saquen una hoja. Fila uno, fila dos, fila uno fila dos. Nosotros también cumplimos. Nunca en mi vida vi tanta cara de estúpido junta. La maestra indignada vociferó amenazas, conjuros y maldiciones. Luego, en lo íntimo, confesamos que la habíamos visto tan enojada que nos pegamos un julepe bárbaro. Pero al miedo le siguió el desconcierto, porque en uno de esos silencios desoladores que las maestras manejan con tanta astucia en medio de una reprimenda, sentimos el estornudo de Santiago, que dio la nota. Luego se sonó la nariz con fuerza pero como un señorito. Con la misma discreción revolvió en su cartuchera, de la cual brotó un sonido a chapitas. Creo que lo que más me reventó fue la prolijidad con la que fue apilando los semicírculos sobre el pupitre. A medida que los iba sacando se tomaba su tiempo para alinearlos uno sobre otro con la serenidad de un monje tibetano. Cuando terminó de apilar los veintisiete semicírculos ya nadie lo miraba, del desconcierto habíamos pasado a un desprecio denso que tuvimos que tragarnos a la fuerza, como uno de esos remedios bien amargos. La maestra levantó el dedo índice e intentó una moraleja, y en el intento tartamudeó dos veces. Todavía atónita ordenó que cada uno pasara por el banco de Santiago y retirara un semicírculo. Yo creo que nos tuvo lástima, porque la prueba fue tan fácil que nos fue bien a todos, aún sin haber estudiado. Sólo por eso el rencor hacia Santiago nos duró apenas una semana en la que nadie le dirigió la palabra, ni siquiera para pedirle un sacapuntas. Después se nos pasó, claro. Ninguno de los veintisiete había aprendido a no olvidarse los útiles escolares y nuestra dependencia de Santiago duró hasta el último día de clases de séptimo grado. Después le perdimos el rastro.<br />
Casualmente hace unos días hicimos una reunión para conmemorar los veinte años de egresados. Entre abrazos, gestos de sorpresa y en un ambiente nostálgico y también de mucha curiosidad nadie notó su ausencia. Recién nos acordamos de él cuando  Giachino quiso destapar una botella de vino y faltó el sacacorchos. Medio en broma, medio en serio, reconocimos que nos había costado bastante aprender a vivir sin la cartuchera de nuestro compañero.<br />
Esa misma noche, después de la reunión, yo esperaba el 19 en la parada. El colectivo tardó media hora en llegar. Cuando vislumbré el cartel verde luminoso a unas tres cuadras saqué la billetera y me di cuenta que no llegaba con las monedas. Eran las tres de la madrugada en pleno barrio pero igual, casi por inercia, me di vuelta en busca de ayuda. Te digo la verdad, al principio no lo reconocí. Apenas alcancé a hacerle un gesto desesperado con las pocas monedas que tenía en la mano cuando metió la mano en un bolso de cuero, revolvió, sonó a lápices, a chapitas, y me alcanzó tres monedas de veinticinco centavos, las que me hacían falta para subirme al bondi que en ese momento pasó a los pedos por la parada. En medio de mis puteadas nos reconocimos. Santiago estaba cambiado pero igual. Era el chico de doce años en su versión de hombre de treinta y dos. Le conté de la reunión, de la vida de cada uno de nuestros compañeros, es decir de quién se había casado y divorciado, del que se había quedado completamente pelado o de aquella que era bien fulera y veinte años después era la más linda de la clase. Sonrió apenas, casi por cortesía. Mostró algo parecido a un cambio de ánimo cuando le mencioné que nos había faltado el sacacorchos y que nos habíamos acordado de su cartuchera. Se lamentó bajito, se agachó y revolvió el bolso una vez más. Otra vez el ruido a lápices, a chapitas, entonces sacó un sacacorchos.  Me lo quedé mirando desconcertado. Él solito se dio cuenta que la reunión había terminado y que su sacacorchos lucía poco práctico en la parada del 19 a la luz del alumbrado municipal. Ya no me miraba, pero en sus ojos noté un dejo de frustración. Traté de arreglarla y le pregunté de su vida, que porqué no se había dedicado a la magia, usando su cartuchera como una de esas galeras mágicas para el divertimento de los espectadores. Me contestó que nadie le había solicitado jamás un conejo blanco por pura necesidad, salvo una vez, un mago mediocre al que le había fallado el truco y al que debió sacar del aprieto, pero esa había sido una excepción. En cambio sí le pedían monedas en la parada del colectivo, o velas cuando los cortes de luz, o paraguas durante las lluvias de abril,  que vendía por una módica suma en una esquina del micro centro. Allí donde hacía falta algo Santiago estaba plantado con su bolso de mano donde seguro escondía, para guardar las apariencias porque ya no era un chico, su antigua cartuchera de la primaria. Le pregunté en broma porqué no sacaba políticos honestos del bolso, o trabajo para los desocupados, o novias para los solitarios. Me contestó que, al igual que con los conejos blancos, nadie le pedía ese tipo de cosas.<br />
Al rato pasó otro 19, me despedí a las apuradas y me subí al bondi. Después sí que no lo vi más. Otra vez tuve que aprender a vivir sin su cartuchera.</p>
<p>© Guillermo Galli</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.labudinera.com/2010/05/ni-conejos-blancos-ni-novias-para-los-solitarios/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

