Trampa en la escondida
Tuesday, July 21st, 2009
Cuidadito con querer hacer trampa en la escondida. Yo supe de una nena que cuando le tocaba contar, contaba: “Uno, dos… ¡por cinco igual a diez!”, y así tomaba por sorpresa a los jugadores antes de que tuvieran tiempo de esconderse. Pero un día contó dos por cinco y cuando abrió los ojos descubrió que los otros nenes ya estaban todos escondidos, como si de veras hubiese contado hasta diez. Asombrada y con un poco de bronca, se apoyó otra vez contra la pared y volvió a contar: “¡Dos por diez mil!” Cuando miró ya era de noche y su mamá la llamaba a comer.
Al día siguiente, en la escuela, la maestra enseñó los números negativos. Durante el recreo a la nena le tocó contar en la escondida. Apoyada contra la pared contó: “Dos por menos mil”. Abrió los ojos y descubrió que mientras contaba, el recreo había terminado, o que más bien todavía no había empezado. Entonces volvió al aula y esperó que la campana sonara otra vez. Cuando le tocó contar, contó el uno y el dos, de inmediato lo multiplicó por un negativo, por el primer número que le vino a la cabeza, uno que había oído en las conversaciones de adultos: el quichicientos. Contó “dos por menos quichicientos”.
Cuando abrió los ojos ya no estaba el patio, ni la escuela, ni la pared sobre la que había contado. El lugar parecía un desierto, como ésos con mucha arena que muestran en las películas, pero en vez de arena el suelo estaba cubierto de tierra seca y pastizales. Y en vez de hombres de turbante, la rodearon unos indios tehuelches que comenzaron a tocarla con ramitas y a tirarle piedras pequeñas. La nena supo que estaba en un tiempo que no era el suyo y sintió miedo. Quiso volver, cerró los ojos y multiplicó el quichicientos por dos. Al mirar descubrió que los indios seguían ahí, observándola. Volvió a intentar varias veces hasta que los indios se aburrieron y se fueron. Ella se dio cuenta que no podía hacer trampa en un juego en el que jugara sola. Al fin y al cabo una escondida sin otros que corran a esconderse no puede ser una escondida ni nada que se le parezca.
Junto a la nena quedaron algunos niños de la tribu. Trató de convencerlos para que corrieran a esconderse mientras ella contaba apoyada contra un árbol. Los niños no entendieron el juego, en cambio le tocaban el pelo, le acariciaban el guardapolvo y de a poquito le arrancaban los botones ya que les parecían objetos muy curiosos. Desconsolada abrazó el árbol y se puso a llorar. De pronto sintió una estampida que hizo temblar la tierra. Miró hacia un costado, vio que una turba de lanzas se dirigía a la tribu levantando polvareda. Miró a sus espaldas y descubrió que los niños ya no estaban, que todos los demás indios tampoco estaban, que hasta el cacique se había escondido. Entonces cerró bien fuerte los ojos y contó: “Uno, dos, ¡dos por quichicientos!”
Bueno, el final de la historia no lo conozco. Dicen que unos antropólogos, escarbando en un baldío de la calle Salta, encontraron un guardapolvo sin botones de más de seiscientos años. La historia de la nena fue la conclusión a la que llegaron después de un largo debate. Otros dicen que cuando la nena abrió los ojos apareció en el patio de la escuela, justo en el momento que sonó la campana de salida, y que a pesar de que estuvo pocas horas ausente y los compañeros nunca notaron su ausencia, ella jamás volvió a sentirse la misma.
Como sea, la moraleja de esta historia enseña que los niños que hacen trampa en la escondida acaban como viajeros perdidos en el tiempo. Como eternos viajeros perdidos en el tiempo.
De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli
¿Dónde estás ratón Pérez que no te puedo encontrar?, se titulaba mi primer cuento. Yo estaba intrigado porque mis amiguitos perdían dientes y recibían dinero a cambio, pero por mi casa el ratón Pérez no pasaba. Le mostré el cuento a mi madre y me dijo que el título era excesivo, que si yo preguntaba ¿dónde estás ratón Pérez? era desde ya porque no lo podía encontrar, por lo tanto decir que no te puedo encontrar estaba de más. Y también me dijo que el Ratón Pérez no existe. Así aprendí que si mis amigos recibían dinero por cada diente perdido era porque sus padres ganaban más que mi mamá, lo que les daba el lujo de inventarles a sus hijos un mundo de fantasía.
Cuando al afortunado hombre de negocios Armiño Galíndez le agarró la nostalgia quiso recuperar su primer centavo ganado. Entonces contrató a un detective especialista en objetos perdidos para que rastreara la moneda. Le ordenó que no escatimara en gastos y que no intentara engañarlo con una moneda que no era la suya porque él se daría cuenta al instante. El detective se puso en campaña partiendo de la pista que el propio Galíndez ofreció: con su primer centavo el hombre de negocios había pagado un choripan en la costanera. El detective dio con el dueño del carrito y le hizo recordar, primero por las buenas y más tarde a la fuerza, qué había hecho con ese centavo cobrado hacía más de veinticinco años. La confesión llevó al detective a un ferretero de Lanús, éste a un mozo de Corrientes al 1600, el mozo a una vedette de teatro de revista, la vedette a un almacenero de Monte Grande, el almacenero dijo que lo gastó su esposa fallecida y la finadita lo condujo desde el Más Allá a un sodero ya retirado. El detective consultó vivos y muertos, abrió alcancías y monederos, destripó colchones y se rasgó las vestiduras al descubrir que él mismo había gastado el centavo años atrás. Luego de una década de investigación dio con el paradero de la moneda. Entonces citó a Galíndez y relató al magnate, exhibiendo tickets y facturas, las peripecias por las que había pasado en busca de la moneda. Cuando Galíndez comenzaba a impacientarse, el detective le comunicó el resultado de la investigación.
Ladrón que roba a ladrón, ya saben, cien años de perdón. Ahora bien, ladrón que le roba a un ladrón que antes le robó a otro ladrón, es un criminal y debe ir preso, pues le ha robado a un perdonado. Salvo que el ladrón perdonado ya haya cumplido sus cien años de perdón, en este caso quien le roba se convierte en un ladrón de ladrón, por lo tanto se beneficia con los cien años de perdón designados para el caso. Lo mismo ocurre con ladrón que roba a ladrón que roba a ladrón que roba a ladrón. Como podemos observar, robar con total impunidad no es tan sencillo. El ladrón que desee tener acceso al beneficio del perdón de cien años, deberá estar seguro de no robarle a un inocente ni a un ladrón perdonado, sino a quien le ha robado a ellos. Es decir que su posición en la cadena de robo debe representar siempre un número par. En cambio, el acto delictivo debe cometerse contra un ladrón que cargue un número impar. Esto se averigua, como todo, preguntando.
La eternidad es un concepto que pregona aquel que no le alcanzan veinte años para pagar un crédito hipotecario.
Se había puesto como meta llegar hasta el final del arco iris, donde dicen que hay una olla repleta de monedas de oro. Tras siete años desistió, al darse cuenta, confesó luego, que la búsqueda de las monedas de oro era una meta puramente material, que la codicia desacralizaba la causa y le quitaba el favor de los dioses.
Ponés el noticiero y agarráte Catalina. Corré ya mismo a verificar que tengas todo bajo llave, enrejado, enjaulado, el perro amaestrado, la licuadora conectada con la policía, los enanos de jardín con ojos infrarrojos y la vecina de enfrente haciendo guardia en la vereda mientras barre. Ojo, ojo a todo. Ojo que todos te quieren afanar o estafar de alguna forma. Todos menos los del noticiero que por supuesto te advierten lo que te puede pasar si no andás con ojos en la nuca. Fijáte además que lo hacen gratis, por tu bien, como un servicio desinteresado a la comunidad.
Existe una hilacha en una plaza de Buenos Aires, tal vez debajo de una baldosa o junto a un bebedero. Nadie conoce su ubicación exacta, pero son varias las teorías que se han formulado sobre qué pasa si se tira de esa hilacha. Un empleado bancario de apellido Garabito asegura que se deshilvanaría la plaza entera, junto con los hombres, mujeres, perros y palomas que estuviesen sentados en los bancos o parados sobre las baldosas. Por eso casi nadie se anima a buscarla, la tentación de tirar de ella sería tan grande como peligrosa para la propia existencia.
Espejito, espejito, ¿quién es la más bella del reino? Y el espejo no siempre contestaba favorablemente, pero que era sincero era sincero. Un caso de espejo honesto.





