Tragáme tierra
Friday, November 6th, 2009
Tierra tragáme, pide, y la tierra lo absorbe en menos de lo que dura un sonrojo. Lo ven desaparecer en Belgrano o en Villa Devoto; en el lugar deja un montículo de humus semejante a un hormiguero o a la tumba improvisada de una mascota. Al rato lo vomita una maceta sin plantas que guarda en su departamento de Liniers. Después se da un baño y mientras se saca las lombrices de las orejas piensa en esa mujer con la que cada tanto se encuentra y de la que siempre huye.
Dicen que la conoció en su infancia, jugando a la mancha en el primer recreo. De pronto ella apareció delante suyo, como germinada desde alguna semilla mágica. Tropezó por esquivarla, casi se abre la cabeza contra un adoquín. Se levantó sin protestar, sintiendo que le ardían las manos y las rodillas le sangraban. Miró a la mujer, que entonces era una niña, supo que era nueva en la escuela y que le gustaba mucho. Le dijo hola. Ella le regaló de sus ojos un color indescifrable, lo tomó de las manos y le prometió un mundo dulce y desconocido. A él le temblaron las piernas, presintió en esas manos un misterio infinito; las soltó, no por apremio, sino por pudor ante lo que se figuró eterno. Entonces le ganó la vergüenza, rogó tragáme tierra y la tierra cumplió sin objetar y se lo tragó. Después de un rato apareció todo embarrado en el cantero de su casa. Al otro día volvió a la escuela, buscó a la nena en las aulas y en los recreos. Como no la encontró la buscó por el barrio y más tarde en las noches largas que vinieron junto con la adolescencia. De a poco se convirtió en un hombre que tuvo romances con la vida. Se entregó como se entregan ésos que simpatizan con la mujer que tienen al lado pero que endiosan a la que tuvieron alguna vez, sólo por amor a la fatalidad.
Una tarde mientras caminaba por una plaza sintió que el césped se resistía ante su peso. Se miró los zapatos, cuando levantó la vista volvió a ver a la nena ya hecha una mujer, tal como se la había imaginado durante tantas noches. La tomó de una mano. Cuando ella le ofreció la otra sintió el mismo pudor que el día en que la había conocido. Quiso contarle que la soñaba desde entonces, pero apenas pudo resistirse ante esos ojos que lo hacían sentir tan trascendente e indigno a la vez. De nuevo un atisbo de eternidad lo hizo temblar. Pidió tragáme tierra y la tierra se lo tragó otra vez, a la vista de las palomas y de un anciano que les daba de comer. Más tarde la ducha lo encontró arrepentido, sacándose las lombrices de las orejas.
A partir de ese día comenzó a ver más seguido a la mujer. Se la encuentra en las plazas o en los parques, la pierde siempre en el mismo lugar, cuando implora desaparecer por el rubor que le provoca la presencia femenina. Las personas que lo ven hundirse se espantan al principio, luego indagan en el cúmulo de tierra y sólo encuentran algunas palomas alrededor y a un viejo que les da de comer, que opina que nunca conoció un tipo que fuese tan vueltero con una mina.
De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli
Reconocer almas gemelas no es un arte, hay claros indicios que cualquiera puede captar con un poco de buena disposición. En general las almas gemelas suelen encontrarse en lugares públicos, se confunden con el resto de la gente, pero sólo en apariencia. Si usted viaja en colectivo fíjese en los asientos dobles, no es raro que encuentre a un hombre y a una mujer de edad similar, sentados uno al lado del otro, que no se conocen y que por supuesto no se tocan, ni se miran, ni se hablan. No es raro. Menos habitual es que cada uno de ellos esté leyendo un libro. Pero bastante menos habitual es que ambos libros sean el mismo, que se titule La Metamorfosis, y que tanto el hombre como la mujer lo cierren simultáneamente en la página cuarenta y seis para suspirar en sincronía un lastimero “¡pobre Gregorio Samsa!” Ese hombre y esa mujer son almas gemelas, no lo dude. Lo mismo pasa con esos chocolates que traen mensajito adentro: a ella le toca uno que asegura Hoy conocerás al hombre de tu vida; en tanto él desenvuelve el chocolate y lee que Ella no se andará con vueltas. Así, el destino se revela a los mortales. Si usted ve un pájaro en el cielo y grita “¡Es un pájaro!”, pero al lado suyo un caballero corrige “¡Es un avión!”, y parados más allá hay dos que no se han visto nunca pero que al unísono resuelven: “¡Es Superman!”, he aquí un claro indicio de almas gemelas.
¿Dónde estás ratón Pérez que no te puedo encontrar?, se titulaba mi primer cuento. Yo estaba intrigado porque mis amiguitos perdían dientes y recibían dinero a cambio, pero por mi casa el ratón Pérez no pasaba. Le mostré el cuento a mi madre y me dijo que el título era excesivo, que si yo preguntaba ¿dónde estás ratón Pérez? era desde ya porque no lo podía encontrar, por lo tanto decir que no te puedo encontrar estaba de más. Y también me dijo que el Ratón Pérez no existe. Así aprendí que si mis amigos recibían dinero por cada diente perdido era porque sus padres ganaban más que mi mamá, lo que les daba el lujo de inventarles a sus hijos un mundo de fantasía.
Cuando al afortunado hombre de negocios Armiño Galíndez le agarró la nostalgia quiso recuperar su primer centavo ganado. Entonces contrató a un detective especialista en objetos perdidos para que rastreara la moneda. Le ordenó que no escatimara en gastos y que no intentara engañarlo con una moneda que no era la suya porque él se daría cuenta al instante. El detective se puso en campaña partiendo de la pista que el propio Galíndez ofreció: con su primer centavo el hombre de negocios había pagado un choripan en la costanera. El detective dio con el dueño del carrito y le hizo recordar, primero por las buenas y más tarde a la fuerza, qué había hecho con ese centavo cobrado hacía más de veinticinco años. La confesión llevó al detective a un ferretero de Lanús, éste a un mozo de Corrientes al 1600, el mozo a una vedette de teatro de revista, la vedette a un almacenero de Monte Grande, el almacenero dijo que lo gastó su esposa fallecida y la finadita lo condujo desde el Más Allá a un sodero ya retirado. El detective consultó vivos y muertos, abrió alcancías y monederos, destripó colchones y se rasgó las vestiduras al descubrir que él mismo había gastado el centavo años atrás. Luego de una década de investigación dio con el paradero de la moneda. Entonces citó a Galíndez y relató al magnate, exhibiendo tickets y facturas, las peripecias por las que había pasado en busca de la moneda. Cuando Galíndez comenzaba a impacientarse, el detective le comunicó el resultado de la investigación.
Ladrón que roba a ladrón, ya saben, cien años de perdón. Ahora bien, ladrón que le roba a un ladrón que antes le robó a otro ladrón, es un criminal y debe ir preso, pues le ha robado a un perdonado. Salvo que el ladrón perdonado ya haya cumplido sus cien años de perdón, en este caso quien le roba se convierte en un ladrón de ladrón, por lo tanto se beneficia con los cien años de perdón designados para el caso. Lo mismo ocurre con ladrón que roba a ladrón que roba a ladrón que roba a ladrón. Como podemos observar, robar con total impunidad no es tan sencillo. El ladrón que desee tener acceso al beneficio del perdón de cien años, deberá estar seguro de no robarle a un inocente ni a un ladrón perdonado, sino a quien le ha robado a ellos. Es decir que su posición en la cadena de robo debe representar siempre un número par. En cambio, el acto delictivo debe cometerse contra un ladrón que cargue un número impar. Esto se averigua, como todo, preguntando.
La eternidad es un concepto que pregona aquel que no le alcanzan veinte años para pagar un crédito hipotecario.
Se había puesto como meta llegar hasta el final del arco iris, donde dicen que hay una olla repleta de monedas de oro. Tras siete años desistió, al darse cuenta, confesó luego, que la búsqueda de las monedas de oro era una meta puramente material, que la codicia desacralizaba la causa y le quitaba el favor de los dioses.
Ponés el noticiero y agarráte Catalina. Corré ya mismo a verificar que tengas todo bajo llave, enrejado, enjaulado, el perro amaestrado, la licuadora conectada con la policía, los enanos de jardín con ojos infrarrojos y la vecina de enfrente haciendo guardia en la vereda mientras barre. Ojo, ojo a todo. Ojo que todos te quieren afanar o estafar de alguna forma. Todos menos los del noticiero que por supuesto te advierten lo que te puede pasar si no andás con ojos en la nuca. Fijáte además que lo hacen gratis, por tu bien, como un servicio desinteresado a la comunidad.
Existe una hilacha en una plaza de Buenos Aires, tal vez debajo de una baldosa o junto a un bebedero. Nadie conoce su ubicación exacta, pero son varias las teorías que se han formulado sobre qué pasa si se tira de esa hilacha. Un empleado bancario de apellido Garabito asegura que se deshilvanaría la plaza entera, junto con los hombres, mujeres, perros y palomas que estuviesen sentados en los bancos o parados sobre las baldosas. Por eso casi nadie se anima a buscarla, la tentación de tirar de ella sería tan grande como peligrosa para la propia existencia.



