Froilán Gómez

Wednesday, July 7th, 2010

vintage-clockHubo quien dijo que el tiempo sólo transcurre cuando nos olvidamos de su existencia. Como un ladrón de guante blanco que opera en la oscuridad y en el momento en que nadie lo advierte, así el tiempo, pensaba Froilán Gómez. Eso explica, dijo muy entusiasmado una vez y en el acto perdió diez segundos de su tiempo, porqué una fiesta dura tan poco y en cambio la clase de trigonometría se hace interminable. Cuando festejamos, cuando descorchamos, cuando bailamos con la más linda, entonces el tiempo acecha y así se pasa la vida, rápido. En el preciso instante en que clavamos los ojos en el reloj pulsera con la intención de hacerlo avanzar, justo antes de lamentarnos, el tiempo se detiene, se dilata desde y hacia el infinito. Que las agujas del reloj sigan girando mientras las miramos no es más que una ilusión óptica, como lo es el universo cuando nos hace creer que tuvo un principio y que acaso tendrá un final. Al mirar el reloj el tiempo se detiene de verdad, por más que las agujas giren. Froilán explicaba, y en esta pasión perdía siete segundos de tiempo, que la mortalidad del hombre era causada por la poca frecuencia en que éste daba un vistazo a su reloj; cada instante en que elevamos los ojos al reloj de la cocina somos un ratito eternos, logramos congelar el tiempo. Sin embargo el tiempo, ni lerdo ni perezoso, nos cobra luego, durante un buen plato de ravioles.

En realidad la postura de Froilán no tenía ni un ápice de innovadora. Predicaba lo que todos ya sabemos: cuando nos concentramos en que pase, el tiempo no pasa más. El resto de las veces, es decir, cuando vivimos, se pasa volando. Sin embargo el mérito de su discurso fue el mismo que el de aquellos hombres que la historia recordará por haber llevado a la práctica su propia prédica. Así lo hizo Froilán. Exaltado por la idea compró un reloj (en este acto perdió treinta y dos minutos) de tal magnitud que sentado frente a él no pudiese ni mirar ni pensar en otra cosa más que en el movimiento de sus agujas. Pretendía así detener su propio tiempo. Luego se sentó frente al reloj y se puso a observar. No comió, ni bebió, ni concedió entrevistas. No pestañó, no soñó despierto, no pensó en otra cosa que no fuese el paso del tiempo.

Así transcurrieron los años y también los minutos, siempre más longevos que los primeros, pero no para Froilán, sí para el resto de los hombres. Una tarde el reloj se detuvo, tal vez por una falla mecánica. En ese instante Froilán tomó conciencia de la situación. Presintió que sus amigos y sus detractores habrían fallado, como el reloj, que por lo tanto estarían muertos, que la ciudad sería otra, que los tiempos eran otros pero que él estaba más allá de eso. Se sintió libre y se dijo eterno. Había vencido su propio tiempo, lo había detenido, quién sabe por cuántas décadas, con sólo pensar en él. Esbozó una sonrisa, brindó un aplauso que hizo eco en sus oídos y se paró sobre la silla para festejar la victoria. Apenas bailó, rebosante de alegría y frente a un reloj desvencijado. Se deleitó en el insípido baile y entre el segundo y el tercer paso de sus pies el tiempo regresó, como ladrón en la noche, cobrándose en un instante todo lo que en realidad era suyo.

Froilán Gómez murió a los ciento ochenta y dos años, inmediatamente después de haber vivido.

(c) Guillermo Galli.-

Fragmentos de terapia

Thursday, May 27th, 2010

inferus— Mire, Doctor. El infierno bien podría ser un eterno viaje en colectivo.

— Ajá. ¿En qué línea, por ejemplo?

— En el 59, por ejemplo.

— ¿Un viaje hacia dónde?

— Bueno, el 59 llega hasta Barracas, pero una vez que llegase a la terminal, el colectivo pegaría media vuelta y regresaría hasta la otra terminal, en Munro con todo el pasaje de condenados a bordo. Y de allí de nuevo a Barracas. Un viaje interminable.

— ¿Y qué pasa si usted toca timbre?

— Nada. El chofer le indica que ahí no hay parada y no le abre la puerta.

— Entiendo. Pero supongo que se detendrá en los semáforos…

— Como siempre, claro.

— … y eso daría la oportunidad a los pasajeros de arrojarse por las ventanillas.

— ¿Dónde ha visto que un pasajero haga eso?

— No lo he visto, pero recuerde que dicho colectivo representa el mismo infierno.

— El bondi no es el infierno. El infierno es el viaje.

— Ajá.

—¿Entiende?

— Si.

— Usted se sube a un colectivo y por más que esté descontento con el viaje, no se tira por la ventana. A lo sumo toca el timbre y espera a que chofer se detenga y abra las puertas. O le dice, chofer, ¿me puedo bajar acá?.

— Pero el chofer no lo bajaría. Ni acá ni en la parada.

— No.

— ¿Y cómo reacciona usted?

— No sé. ¿Usted se tira por la ventana?

— No.

— ¿Lo ve? Nadie se tira por la ventana.

— Ya sé, pero en un caso extremo…

— ¿Se está prendiendo fuego el vehículo?

— No, pero el viaje es interminable.

— Cosa de todos los días. Y nadie se arroja del colectivo por eso.

— No, pero se amarga, putea bajito, o insulta al chofer, o al tránsito, o a su mala suerte…

— O le dice al pasajero de al lado es imposible viajar…

— O mira reiteradas veces por la ventanilla, a ver qué pasa adelante que el colectivo no se mueve…

— O manda un mensajito de texto llego tarde, o no llego

— Así es.

— Pero nadie se tira por la ventanilla. Acordemos.

— Ajá. No. Nadie se tira por la ventanilla.

— Nunca. No se hace en vida cuando el tiempo apremia, mire si se va a hacer en la muerte, cuando tiempo es lo que sobra.

— Ajá. No. Si. Es cierto. Pero uno la pasa muy mal.

— Y bueno. Qué quiere. Es el infierno.

— Si.

— En el infierno se la pasa mal.

— Si. Igual puede entretenerse mirando por la ventanilla. Yo hago eso cuando el viaje es largo.

— Sería muy aburrido ver siempre lo mismo.

— Depende. Véale el lado positivo. Una eternidad viajando en el mismo colectivo. Usted sería testigo, tras la ventanilla,  de los cambios en la cultura, la historia, la arquitectura, la política de la humanidad.

— No. ¿Cómo? El viaje es siempre el mismo.

— Desde Barracas a Munro y desde Munro a Barracas, pero…

— Pero nada. El viaje es siempre el mismo. Si a la altura de Cabildo y Juramento usted ve un perro faldero con un moño rojo que intenta treparse a su dueña dando saltitos, en el siguiente viaje verá al mismo perro faldero, con el mismo moño rojo y la misma dueña en la mismísima esquina de Cabildo y Juramento.

— Comprendo. Aunque debemos reconocer que cuando uno viaja en colectivo se pierde infinitos detalles que están ahí a la vista, y que, en una inspección más detallada podríamos descubrirlos y así pasar mejor el viaje.

— Infinitos detalles no. Millones de detalles, tal vez, pero no infinitos.

— No infinitos, claro.

— Sólo el viaje es infinito, es eterno, recuerde.

— Si.

— Por ende, cuando no haya más detalles que descubrir en nuestro viaje de Munro a Barracas, el viaje comenzaría a hacerse cada vez más y más aburrido, por los siglos de los siglos, y así.

— Sería un infierno.

— Sería el infierno.

© Guillermo Galli

eltragaFue compañero mío de la escuela. ¿Viste esos que se traen de todo en la cartuchera? Bueno, así era Santiago. Tenía una cartuchera chiquita, pero que explotaba de todo lo que guardaba adentro. En general ese tipo de pibes son los que comúnmente conocemos como “el traga”. Santiago no era la excepción. Sentado siempre en la primera fila, cerca de la maestra, guardapolvo muy blanco sin una arruga, zapatos lustrosos y la mirada siempre atenta, siempre lista. Igual que la cartuchera. La diferencia de Santiago con muchos otros de su especie es que no era para nada amarrete. Si vos te olvidabas, por ejemplo, el compás, o el semi circulo, él abría su cartuchera con una prolijidad litúrgica, como cuando el cura te da la ostia, ¿viste? Como prestando un servicio sacro. Y no es que él se quedase sin el compás, o sin el semicírculo, no señor, el siempre tenía el suyo, que por supuesto era más lindo que el que prestaba. Si él usaba una Parker, te prestaba una 303, si él borraba con una goma nueva, te prestaba una mas viejita, gastadita. Pero ojo, todo lo que prestaba siempre andaba, siempre te venía al pelo. Te sacaba de apuros, eso es innegable. Lo que él tenía eran repuestos. Me acuerdo que yo me imaginaba a la mamá diciéndole “llevate otra, no sea cosa que se te acabe la tinta”, y seguro le encajaba una lapicera, un lápiz, un sacapuntas o una regla en esa cartuchera que no daba más de lo cargada que estaba. Eso me imaginaba yo. Aunque a veces me parecía que esa madre debía tener una obsesión bastante grave con que al hijo le fallara uno de sus útiles escolares. Fijate, una vez estábamos en la clase de plástica y yo me había olvidado el lápiz cero cinco. En realidad, esa mañana mientras desayunaba, me acordé que lo había dejado en la mesita de luz, pero pensé para mis adentros que “total, Santiago me presta uno”. Así la confianza ciega que depositaba en su servicio. Porque era un servicio, eso es indiscutible. El asunto es que en la clase de plástica, cuando la maestra dijo que saquemos el lápiz, yo busqué con la mirada a Santiago, que se sentaba tres bancos delante de mí. ¿Y qué veo? Que Marcelo estaba parado a su lado, con la mano tendida, y que Santiago revuelve en su cartuchera, que saca un lápiz medio gastadito y se lo entrega a Marcelo, que se va conforme a sentar a su banco y en el trayecto pasa al lado mío, con el lápiz cero cinco en la mano, ese que yo tenía la confianza de que era para mí. Tanta bronca me dio que me levanté, violento, haciendo todo el ruido que pude. Encaré hacia el banco de Santiago y me planté a su lado. “¿No tenés un lápiz de más?”, le pedí, o le exigí más bien, casi gritando, como si él me debiera, como si yo le pagase mensualmente un seguro contra el olvido de útiles escolares. “Ese”, le dije, mostrándole el que tenía preparado sobre la hoja Canson nº 5. “No”, fue tajante, “ese es mío”. Entonces abrió otra vez su cartuchera, revolvió, revolvió mucho haciendo ese ruido tan característico que ya todos conocíamos y sacó un lápiz, otro lápiz cero cinco, uno que era para mí.
Más vale que en todas las escuelas hay pibes que traen de todo en la cartuchera y que siempre tienen algo para prestarte. Pasan los años y uno se olvida de ellos, como de casi todos los demás. Pero de Santiago me acuerdo a menudo. Es que una mañana pasó algo en el aula, creo que es lo que lo mantuvo lejos del anonimato por muchos años. Fue esa vez que la maestra avisó que al día siguiente tomaría examen de aritmética. Por iniciativa de Giachino, todo el curso se confabuló para dejarse olvidado en casa el semicírculo, en un intento de hacerle creer a la maestra en las grandes casualidades. El acuerdo fue unánime, todos resolvimos que la medida de fuerza era justa, todos menos Santiago, que esa mañana había faltado debido a un fuerte cuadro gripal. Al otro día la maestra cumplió con lo prometido y ordenó saquen una hoja. Fila uno, fila dos, fila uno fila dos. Nosotros también cumplimos. Nunca en mi vida vi tanta cara de estúpido junta. La maestra indignada vociferó amenazas, conjuros y maldiciones. Luego, en lo íntimo, confesamos que la habíamos visto tan enojada que nos pegamos un julepe bárbaro. Pero al miedo le siguió el desconcierto, porque en uno de esos silencios desoladores que las maestras manejan con tanta astucia en medio de una reprimenda, sentimos el estornudo de Santiago, que dio la nota. Luego se sonó la nariz con fuerza pero como un señorito. Con la misma discreción revolvió en su cartuchera, de la cual brotó un sonido a chapitas. Creo que lo que más me reventó fue la prolijidad con la que fue apilando los semicírculos sobre el pupitre. A medida que los iba sacando se tomaba su tiempo para alinearlos uno sobre otro con la serenidad de un monje tibetano. Cuando terminó de apilar los veintisiete semicírculos ya nadie lo miraba, del desconcierto habíamos pasado a un desprecio denso que tuvimos que tragarnos a la fuerza, como uno de esos remedios bien amargos. La maestra levantó el dedo índice e intentó una moraleja, y en el intento tartamudeó dos veces. Todavía atónita ordenó que cada uno pasara por el banco de Santiago y retirara un semicírculo. Yo creo que nos tuvo lástima, porque la prueba fue tan fácil que nos fue bien a todos, aún sin haber estudiado. Sólo por eso el rencor hacia Santiago nos duró apenas una semana en la que nadie le dirigió la palabra, ni siquiera para pedirle un sacapuntas. Después se nos pasó, claro. Ninguno de los veintisiete había aprendido a no olvidarse los útiles escolares y nuestra dependencia de Santiago duró hasta el último día de clases de séptimo grado. Después le perdimos el rastro.
Casualmente hace unos días hicimos una reunión para conmemorar los veinte años de egresados. Entre abrazos, gestos de sorpresa y en un ambiente nostálgico y también de mucha curiosidad nadie notó su ausencia. Recién nos acordamos de él cuando Giachino quiso destapar una botella de vino y faltó el sacacorchos. Medio en broma, medio en serio, reconocimos que nos había costado bastante aprender a vivir sin la cartuchera de nuestro compañero.
Esa misma noche, después de la reunión, yo esperaba el 19 en la parada. El colectivo tardó media hora en llegar. Cuando vislumbré el cartel verde luminoso a unas tres cuadras saqué la billetera y me di cuenta que no llegaba con las monedas. Eran las tres de la madrugada en pleno barrio pero igual, casi por inercia, me di vuelta en busca de ayuda. Te digo la verdad, al principio no lo reconocí. Apenas alcancé a hacerle un gesto desesperado con las pocas monedas que tenía en la mano cuando metió la mano en un bolso de cuero, revolvió, sonó a lápices, a chapitas, y me alcanzó tres monedas de veinticinco centavos, las que me hacían falta para subirme al bondi que en ese momento pasó a los pedos por la parada. En medio de mis puteadas nos reconocimos. Santiago estaba cambiado pero igual. Era el chico de doce años en su versión de hombre de treinta y dos. Le conté de la reunión, de la vida de cada uno de nuestros compañeros, es decir de quién se había casado y divorciado, del que se había quedado completamente pelado o de aquella que era bien fulera y veinte años después era la más linda de la clase. Sonrió apenas, casi por cortesía. Mostró algo parecido a un cambio de ánimo cuando le mencioné que nos había faltado el sacacorchos y que nos habíamos acordado de su cartuchera. Se lamentó bajito, se agachó y revolvió el bolso una vez más. Otra vez el ruido a lápices, a chapitas, entonces sacó un sacacorchos. Me lo quedé mirando desconcertado. Él solito se dio cuenta que la reunión había terminado y que su sacacorchos lucía poco práctico en la parada del 19 a la luz del alumbrado municipal. Ya no me miraba, pero en sus ojos noté un dejo de frustración. Traté de arreglarla y le pregunté de su vida, que porqué no se había dedicado a la magia, usando su cartuchera como una de esas galeras mágicas para el divertimento de los espectadores. Me contestó que nadie le había solicitado jamás un conejo blanco por pura necesidad, salvo una vez, un mago mediocre al que le había fallado el truco y al que debió sacar del aprieto, pero esa había sido una excepción. En cambio sí le pedían monedas en la parada del colectivo, o velas cuando los cortes de luz, o paraguas durante las lluvias de abril, que vendía por una módica suma en una esquina del micro centro. Allí donde hacía falta algo Santiago estaba plantado con su bolso de mano donde seguro escondía, para guardar las apariencias porque ya no era un chico, su antigua cartuchera de la primaria. Le pregunté en broma porqué no sacaba políticos honestos del bolso, o trabajo para los desocupados, o novias para los solitarios. Me contestó que, al igual que con los conejos blancos, nadie le pedía ese tipo de cosas.
Al rato pasó otro 19, me despedí a las apuradas y me subí al bondi. Después sí que no lo vi más. Otra vez tuve que aprender a vivir sin su cartuchera.

© Guillermo Galli

La sombra inteligente

Thursday, March 4th, 2010

sonambulaEsa tarde que pisaste por primera vez la marmolería de la calle Crisólogo Larralde te aferraste a mi brazo y me gritaste al oído: ¡Yo estuve aquí antes, yo estuve!, con la convicción propia del que habla en capicúa.  Mirabas los mármoles sumida en un viaje astral. ¿Ricardo, crees en la reencarnación? preguntaste, como quien asoma la nariz en lo desconocido. Por pura cortesía te contesté que sí y enseguida te imaginaste ciento cincuenta años atrás, paseándote por la misma marmolería. Te viste encarnada en una ilustre dama porteña que acaso buscaba mármoles para su nueva casa del barrio norte, del brazo de su amado esposo. Enseguida mencionaste que el amado esposo bien po­dría haber sido yo en una vida anterior, ya que el destino es una cosa loca. Sugerí que también podría haber sido al revés, tú el amado esposo y yo la ilustre dama, a lo que objetaste que el cambio de sexo es una práctica deplorable, siquiera con el Más Allá como excusa.

Créeme que si en ese momento te seguí la corriente en esto de la reencarnación fue para que no hicieras el ridículo. Hoy te confieso que veinte años atrás no había ninguna marmolería en ese solar, sino apenas el po­trero donde me agarraba a las patadas con mis amigos, mientras tú toma­bas la mamadera en Vicente López. De manera que no importa lo que digan tus libros de hipnosis y de regresión mental,  no pisaste esa marmolería en una vida anterior, puedes estar segura.

En cambio, estoy de acuerdo contigo en algo. Me consta que estuviste allí antes de estar, pero no en carne y hueso, sino en sueños. No hablo de las predicciones oníricas, que están reservadas para  grandes acontecimientos. Predecir una visita a una marmolería sería tan ridículo como indigno de cualquier arte adivinatorio. No te engañen tus aspiraciones a vidente natural, que bien las conozco ya que leí tus cartas al director de Misterios Irresolutos.

La verdad es clara y te la diré: es la que predican los indígenas Batú de Kasai, al sur del Congo.  Estos nativos llaman al alma “sombra inteligente” y afirman que cuando duermes esta sombra se desprende de tu cuerpo y recorre la casa como un sonámbulo, toma un vaso de agua de la heladera, pasa por el baño y luego atraviesa la puerta de calle para emprender una caminata por los barrios, hasta que suena el despertador y vuelve al cuerpo. No te extrañe entonces que hayas frecuentado en sueños la marmolería, aun antes de visitarla en carne y hueso. De ahí tu recuerdo.  De ahí el consejo del dueño de la marmolería,  que cuando nos íbamos me susurró a tus espaldas “cuide a su novia que me anda espantando a los serenos”. Porque te vieron, Susana. Te vieron de noche mientras soñabas. Vieron tu espectro en camisón y sin dentadura traspasando los mármoles, yendo hacia el bailongo del terreno lindante. ¿Qué otra cosa son los fantasmas sino almas vagabundas de gente viva que está soñando? Por eso frecuentan la noche cuando el mundo duerme, para el terror de unos pocos desvelados. Por eso las sábanas colgando, que arrastran, y las caras de traste, las risas de ultratumba, los alientos sucios y los balbuceos incoherentes. Y no me digas que son los finaditos que vuelven de la muerte. Porque sé que a veces no duermes y entonces vas al puerto donde crees haber visto mi espíritu. Pero yo no estoy muerto, entérate. Estoy vivo, trabajo en Singapur, de día me canso y de noche duermo y cada tanto sueño que vuelvo al muelle donde nos despedimos hace ya diez años. En mi sueño te veo, te grito ¡Susana, Susana! pero tú tiemblas, te pones pálida y huyes bajo la luz de la luna, como si hubieses visto un fantasma.

De Trampa en la escondida – Guillermo Galli

El último mate de Cristóbal Colón

Monday, December 7th, 2009

colon2Fue así. Cuando Colón llegó a América no desembarcó en Santo Domingo, sino a orillas de un río ancho que años después bautizarían “De la Plata”. Y no se encontró con indios emplumados ni con cacatúas multicolores, sino con una raza de nostálgicos engominados que se hacían llamar “los porteños”, a quienes ya describía Platón, al igual que a los atlantes, como un pueblo milenario y de costumbres contradictorias. Esto confirma la teoría de que los porteños existen incluso antes de la fundación de Buenos Aires.

Catorce años después del descubrimiento y en su lecho de muerte, Don Cristóbal cebábase el que presentía su último mate mientras recordaba la historia del primero, que fue más o menos así:

Ni bien Colón desembarcó en la costa del Río de la Plata, se separó del resto de la tripulación y se puso a explorar en soledad un desierto de pastizales. Así se le hizo la noche; ya estaba por volver cuando de pronto dio con una aldea sembrada de faroles y callecitas empedradas. En el medio de la aldea divisó un monolito blanco e imponente, como de unos se­senta metros de alto.

—A éste le deben rendir sacrificios cuando las cosas no van bien —reflexionó.

Ahí nomás se puso a caminar en busca de nativos. Al rato encontró un grupo de muchachos que silbaban bajito apoyados contra un farol.

—¿Y ustedes quiénes son?—preguntó Don Cristóbal.

Los muchachos se dieron cuenta de que Colón no era del barrio.

—Somos los porteños. ¿Y usted quién es?

—Soy Cristóbal Colón en persona. He leído mucho sobre ustedes, dicen que son un pueblo melancólico.

—Es cierto —le respondieron—, pero también nos gusta la milonga y el carnaval. ¿Nos acompaña?

Don Cristóbal, contento de poder participar en los rituales autóctonos decidió seguirlos. En el camino aprendió mucho sobre los nativos. Por ejemplo, que todos se llamaban Mario, Anselmo o Carlitos; que vestían ropajes, zapatos y sombreros que le parecieron muy avanzados para su época; que según los comentarios, en la aldea habitaban las mujeres más bellas del mundo. También descubrió la música, cada vez que doblaba en una esquina sus oídos sintonizaban una melodía que lo hacía añorar a los amigos que nunca había tenido, el cafetín al que nunca había entrado, y a la mujer que jamás había besado. Era ésa una extraña sensación de querer llorar un pasado que de hecho le resultaba inexistente. Además, llegó a conocer a Gilberto, un perro callejero que tenía el don de reconocer a los hombres que habían traicionado a sus amigos. Parece que todos los perros tienen esa capacidad, sólo que Gilberto era muy botón y perseguía a los traidores ladrándoles por todo el barrio.

De pronto a Colón se le ocurrió indagar:

—O sea que ustedes son los primeros habitantes de estas tierras —ya se sentía todo un antropólogo.

—No, no —contestó un porteño—. Los primeros en llegar están unos kilómetros al sur persiguiendo ñandúes con las boleadoras. Nosotros preferimos perseguir mujeres hermosas y morir de pena en un rincón cuando no logramos alcanzarlas.

—¿Y dónde están esas mujeres? —se apresuró Don Cristóbal.

—Ahí… todas en sus ventanitas.

Colón desvió la vista hacia un callejón angosto y pintoresco que no parecía terminar sino en el mismo horizonte. Sobre ambas veredas desfilaban casas de todos los tamaños y colores, en cuyas ventanas y balcones podían verse expectantes a las muchachas más bellas del mundo. Moro­chas, rubias, pelirrojas, castañas…

—¡Y eso que he viajado! —pensó Colón sin salir del asombro.

—Todas se llaman Malena, María o Margarita —le dijeron los muchachos.

Ahí nomás comenzaron a contarle sus historias con todas. Y como habían empezado a quererlo le revelaron los secretos sobre cómo chamuyarse a cada una. Colón no podía estar pasándola mejor. Todo era mágico y prometedor  hasta  que tuvo la mala suerte de enamorarse de la her­mana de uno. La vio allí, entre las demás. No sólo era la más linda, sino que además la muchacha tuvo la adultez, o la picardía, de bajarse de su ventanita y cebarle a Colón su primer mate. Se quedaron mirando largo rato, unidos apenas por una bombilla que iba y venía de los labios de los enamorados. Pero la dicha duraría poco.

—¿Cuál es tu nombre —se aventuró Don Cristóbal—, Malena, María o Margarita?

Antes que la piba pudiese responder los muchachos ya venían corriendo en una actitud poco amistosa. Uno de ellos, el hermano de la chica, traía un mate en la mano que sin dar muchas vueltas ofreció a Colón. Resultó que la yerba estaba lavada, un símbolo de desprecio criollo que Don Cristóbal no comprendió sino hasta que se vio perseguido por los muchachos, que enfurecidos le arrojaban cascotes y lo amenazaban agitando sus cuchillos. A la corrida se le sumó Gilberto, el perro delator de amigos traicioneros. Ahí Colón supo que no había nada que hacer. Resignado, corrió lo más rápido que pudo y se internó en los pastizales. Detrás suyo quedaron las luces de los farolitos y las melodías esquineras. Al rato dio un último vistazo para descubrir apenas la punta del gran monolito blanco que se alzaba en medio de la aldea. Luego partió bajo el burlón mirar de unas estrellas que nunca más lo vieron volver.

Hoy los libros aseguran “Colón murió sin saber que descubrió América”, como si fuese trágico morir ignorando que se encontró aquello que no se buscaba. Que América hoy sea América por un tal Américo, no es motivo para que Don Cristóbal se revuelque en su tumba. Las penas son en vida y al momento de morir, cuando se muere ignorando lo que siempre se quiso saber. Y Colón murió con una pena, la de no saber cómo se llamaba la mujer que le cebó su primer mate. Así fue que en su lecho de muerte encomendó su alma a Dios, y en vez de un último suspiro, guardó el aliento que le quedaba para tomar su último mate y morir pensando en Malena, en María o tal vez en Margarita.

Guillermo Galli

Casa abandonada

Monday, November 16th, 2009

casa2Conocí a mis amigos del barrio una tarde aburrida y calurosa de diciembre. Me acuerdo que doblé la esquina y los vi apoyados contra el paredón de la casa de los dobermann. Días después me enteré que molestar a la pareja de perros era la alternativa cuando el aburrimiento acosaba. Pero esa tarde los dueños habían dejado a los perros en el patio de atrás. Mis amigos estaban a punto de irse a sus casas a ver televisión, entonces llegué yo, me detuve y hablamos pero la cosa no cambió mucho. Los ánimos estaban por el piso, con el calor y la humedad no daban ganas de hacer nada. Me preguntaron si tenía juguetes nuevos, les dije que no pero que conocía un juego que había jugado en mi barrio anterior: encontrar una casa abandonada y explorarla.
—En este barrio no hay casas abandonadas —dijo Sebastián.
Le contesté que en todos los barrios hay casas abandonadas, que si todas las casas estuviesen habitadas entonces no habría gente viviendo en las calles, como los cirujas o los pordioseros.
—Los cirujas viven en los caños —me respondió.
Gustavo acotó que su papá decía que los cirujas son tipos peleados con la vida.
—Entonces —continuó— es muy probable que las casas abandonadas sean las antiguas moradas de los crotos, que decidieron irse a vivir a los caños o a las plazas.
Aclarado el asunto resolvimos caminar y no parar hasta dar con una casa abandonada. El destino quiso que fuera yo quien la encontrase, escondida entre tantas otras.
—No tiene pinta de abandonada —decretó Sebastián.
—¿Y vos qué sabés? —lo enfrenté—, ¿alguna vez viste una? Seguro que sólo en las películas. Esta es una casa abandonada de verdad, no tiene murciélagos ni gatos, ni pastos crecidos llenos de bichos, pero está abandonada de verdad, estoy seguro.
—Hay casas —Gustavo dio la nota otra vez— que fueron abandonadas hace mucho tiempo por cirujas que seguro ya están muertos. Ésas tienen enredaderas y arbolitos que les crecen en los techos y están llenas de arañas y de ratas, como los castillos antiguos. Pero también hay casas que se abandonaron hace poco y que están como nuevas. Capaz que ésta era de un ciruja que hace poco que se peleó con la vida.
—Yo vi uno en la placita España, antes de ayer —cedió Sebastián.
—Debe ser ése.
Ya no había dudas. Esa casa estaba abandonada y la había descubierto yo, el día en que conocí a mis amigos. Encontramos una ventana entreabierta y logramos entrar a lo que los tres confirmamos como el living comedor. Había muy pocos muebles, apenas una mesa con dos sillas y un aparador con platos y vasos, sin adornos ni nada que indicara que el lugar estuviese habitado. Todo estaba lleno de polvo, igual que en las películas de casas abandonadas, aunque faltaban las telarañas y los muebles cubiertos de sábanas.
Nos dispersamos como un grupo de peritos policiales, cada uno se metió en un cuarto distinto a explorar. Gustavo descubrió la habitación de un niño. Había una cama pequeña y en el piso unos soldaditos desparramados.
—¡Están todos rotos! —se quejó Sebastián. Los agarró y comenzó a hacer puntería contra la bombita de luz.
Me dieron pena, pero no dije nada. Si al final era verdad, los soldaditos estaban todos rotos, como si alguien se hubiese ensañado con ellos. No servían más que para hacer puntería contra la bombita de luz. Seguí explorando, me metí en la habitación matrimonial. Mientras revolvía un cajón escuché que en la cocina Sebastián quería abrir la heladera pero Gustavo le advirtió contra los peligros de encontrar un muerto congelado. Llamé a los gritos a los dos con un collar de perlas en la mano. Apenas evaluaron mi hallazgo, Sebastián descubrió en un rincón un baúl con objetos personales. Me dolió, porque me hubiese gustado ser yo el que lo descubriese. Mientras él abría la tapa y echaba un vistazo me apuré a revolver lo que había adentro. Entre ropas apolilladas, tarjetas y souvenirs, encontré unos cuadernos antiguos atados con una piola. Era el diario íntimo de una mujer. Gustavo y Sebastián me miraron entusiasmados, ahí supe que les daba gusto haberme conocido, que la tarde calurosa y pesada de diciembre no había sido en vano para ninguno de los tres. Cortamos la piola y empezamos a leer cada uno un cuaderno. De a ratos comentábamos algún párrafo que nos parecía interesante, a veces con cierta vergüenza. Cuando oscureció decidimos dejar la casa.
—Bueno, nos llevamos el diario de la mujer —dijo Sebastián.
—No, el diario es de la casa, no se puede sacar —me apuré.
—Las cosas sin dueño son del que se las encuentra. Yo no creo que el linyera las extrañe, sino se las hubiera llevado.
—Capaz que sí las extraña, pero no se las llevó porque le ocupan mucho lugar en el morral.
—Si está peleado con la vida quiere decir que no las extraña para nada —insistió Sebastián.
—Lleváte los soldaditos si querés—cedí.
—Están todos rotos esos soldados.
Ambos miramos a Gustavo buscando una opinión.
—Los objetos de un lugar deben permanecer allí —dictaminó—. No te olvides Sebas, de lo que pasó con la momia de Tutankamon, que la sacaron de la cripta y después los arqueólogos contrajeron enfermedades mortales y otras maldiciones extrañas.
—¿Quiere decir que si nos llevamos los diarios la mujer que los escribió va a volver de la muerte para vengarse? —se burló Sebastián.
—No —lo cortó Gustavo—. Quiere decir que no nos vamos a animar a volver a entrar.
Y los tres queríamos volver, porque habíamos descubierto un refugio para las tardes calurosas y aburridas, y eso a nuestra edad era impagable.
Sebastián abandonó la idea de llevarse los diarios. Más tarde, cuando con el tiempo comenzamos a invitar amigos, amigos de amigos y primas de amigos, él sería el primer defensor de las cosas de la casa, interponiéndose ante cualquiera que quisiese llevarse algo.
Anochecía. Salimos a la calle mientras que de a poco se prendían los faroles del alumbrado público. Caminamos unas cuadras, despedimos a Gustavo que se metió en su casa y luego yo acompañé a Sebastián a la suya. Nos saludamos como amigos de toda la vida, como ésos que mañana se van a encontrar otra vez para salir a jugar. Antes de cerrar la puerta me miró compasivo y confesó:
—Yo sé porqué no querías que nos llevemos los cuadernos.
—Bueno —le dije—, pero no se lo digas a Gustavo.
—Está bien.
Caminé unas cuadras y al rato ya estaba en mi casa de nuevo. Prendí las luces, recogí los soldaditos rotos y por primera vez les pedí perdón por tantas guerras. Después agarré el collar de perlas que había dejado sobre la mesada de la cocina y me metí en la pieza de mamá para asegurarme que sus cuadernos quedaran bien guardados. Papá llegó a las diez. Cené con él unas empanadas que compró en una roticería cercana al trabajo. A la mañana siguiente no lo vi porque se fue muy temprano, pero me dejó unas tostadas en la mesa, un jarrito con leche y un saquito para hacerme un té. Después me fui a la escuela y entonces la casa quedó abandonada otra vez, pero sólo por unas horas, hasta que volvieron mis amigos.

Guillermo Galli.-

Tragáme tierra

Friday, November 6th, 2009

tragametierraTierra tragáme, pide, y la tierra lo absorbe en menos de lo que dura un sonrojo. Lo ven desaparecer en Belgrano o en Villa Devoto; en el lugar deja un montículo de humus semejante a un hormiguero o a la tumba improvisada de una mascota. Al rato lo vomita una maceta sin plantas que guarda en su departamento de Liniers. Después se da un baño y mientras se saca las lombrices de las orejas piensa en esa mujer con la que cada tanto se encuentra y de la que siempre huye.
Dicen que la conoció en su infancia, jugando a la mancha en el primer recreo. De pronto ella apareció delante suyo, como germinada desde alguna semilla mágica. Tropezó por esquivarla, casi se abre la cabeza contra un adoquín. Se levantó sin protestar, sintiendo que le ardían las manos y las rodillas le sangraban. Miró a la mujer, que entonces era una niña, supo que era nueva en la escuela y que le gustaba mucho. Le dijo hola. Ella le regaló de sus ojos un color indescifrable, lo tomó de las manos y le prometió un mundo dulce y desconocido. A él le temblaron las piernas, presintió en esas manos un misterio infinito; las soltó, no por apremio, sino por pudor ante lo que se figuró eterno. Entonces le ganó la vergüenza, rogó tragáme tierra y la tierra cumplió sin objetar y se lo tragó. Después de un rato apareció todo embarrado en el cantero de su casa. Al otro día volvió a la escuela, buscó a la nena en las aulas y en los recreos. Como no la encontró la buscó por el barrio y más tarde en las noches largas que vinieron junto con la adolescencia. De a poco se convirtió en un hombre que tuvo romances con la vida. Se entregó como se entregan ésos que simpatizan con la mujer que tienen al lado pero que endiosan a la que tuvieron alguna vez, sólo por amor a la fatalidad.
Una tarde mientras caminaba por una plaza sintió que el césped se resistía ante su peso. Se miró los zapatos, cuando levantó la vista volvió a ver a la nena ya hecha una mujer, tal como se la había imaginado durante tantas noches. La tomó de una mano. Cuando ella le ofreció la otra sintió el mismo pudor que el día en que la había conocido. Quiso contarle que la soñaba desde entonces, pero apenas pudo resistirse ante esos ojos que lo hacían sentir tan trascendente e indigno a la vez. De nuevo un atisbo de eternidad lo hizo temblar. Pidió tragáme tierra y la tierra se lo tragó otra vez, a la vista de las palomas y de un anciano que les daba de comer. Más tarde la ducha lo encontró arrepentido, sacándose las lombrices de las orejas.
A partir de ese día comenzó a ver más seguido a la mujer. Se la encuentra en las plazas o en los parques, la pierde siempre en el mismo lugar, cuando implora desaparecer por el rubor que le provoca la presencia femenina. Las personas que lo ven hundirse se espantan al principio, luego indagan en el cúmulo de tierra y sólo encuentran algunas palomas alrededor y a un viejo que les da de comer, que opina que nunca conoció un tipo que fuese tan vueltero con una mina.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli

Mensaje en un boleto

Wednesday, October 14th, 2009

boletoNo es nuevo eso de enrollar el boleto y meterlo en algún hueco del asiento de adelante. ¿Vos pensás que es nuevo? Para nada. Antiguamente los boletos de colectivo eran un auténtico medio de comunicación. La gente escribía cosas en su anverso, eran como botellas al mar. Todo lo que fuese un mensaje desesperado se escribía en un boleto y se colocaba en alguna rendija del asiento de adelante. Entonces, si un día amanecías peleado con la vida, podías subirte al bondi con un lápiz en el bolsillo, pedir hasta la terminal y dedicar el viaje a escribir tu descargo. Si por el contrario te sentías satisfecho y hasta caritativo, desenrollabas cualquier boleto que tuvieras adelante y leías cosas como “quien lea esto sepa que estoy muy solo y que voy a la deriva”. Así bendecías tu buena suerte, te compadecías del pobre hombre y de paso te enterabas que la vida no es un carnaval, ni mucho menos.

De a poco la gente descubrió que en general los asientos eran ocupados por los mismos pasajeros. Este hallazgo despertó el ingenio de unos cuantos, que comenzaron a dejar mensajes secretos con destinatario. Así podías encontrarte con un “Alberto abrí los ojos que tu mujer te engaña” o con un “cuidáte Juan Carlos que Matilde te está haciendo magia negra”. Pero el método no era infalible. La posibilidad de que Juan Carlos de Recoleta no se subiese a ese colectivo y en cambio lo hiciese su tocayo de Lanús, que éste leyese el mensaje que no era para él sino para el otro, era remota pero no imposible. ¿Y quién no conoce alguna Matilde dispuesta a clavarle los alfileres a algún Juan Carlos? Estas confusiones provocaron un malestar general en sociedad, lo que obligó a los choferes a prohibir la escritura y abandono posterior de boletos. De esta manera fueron desapareciendo las botellas al mar y los mensajes personalizados. Sin embargo la costumbre no caducó sino que pasó a la clandestinidad. El boleto comenzó a utilizarse como herramienta del espionaje internacional. Los agentes secretos de distintos países viajaban a Buenos Aires sólo para intercambiar boletos con información confidencial. Años más tarde, con la profesionalización de las palomas mensajeras, los mensajes secretos en los boletos pasaron de moda. Otra vez el común de la gente volvió a escribir en ellos, aunque el tema ya no sería el desengaño ni el secreto militar, sino el amor. Los espías fueron reemplazados por hordas de mu­chachos enamorados que buscaban en el colectivo a la mujer de sus sue­ños. Los asientos se llenaron de boletos incrustados con piropos y confe­siones de amor eterno. Cuando un enamorado quedaba alucinado con una chica sentada, por ejemplo, en el asiento de al lado, le indicaba con la mirada que el boleto que tenía delante suyo era para ella y sólo para ella. La muchacha solía desenrollarlo y encontraba allí un piropo que le sacaba una sonrisa y que daba pie para pasar a mayores.

Si bien los colectivos fueron cuna de centenares de matrimonios felices y de amantes apasionados, no eran pocas las veces que una muchacha desenrollaba un boleto y se encontraba con alguna frase pasada de tono o con algún piropo que simplemente no era para ella por contradecirse con su pelo, con sus ojos, con el escote o con su mismo sexo. El riesgo de que esto pasase hizo que con el tiempo sólo los valientes o los caraduras se animaran a invitarle un boleto a la mujer deseada. Para colmo surgió la mala costumbre de dejar escritos insultos y groserías, destinadas en general a los pocos ilusos que todavía se atrevían a desenrollar boletos. Final­mente ya nadie se tomó el trabajo de abrir un boleto enrollado. Los piro­pos se dijeron sin tapujos, en persona y por la calle; los insultos terminaron escribiéndose en las puertas de los baños públicos, donde no queda otra que leerlos. Hoy la gente sigue dejando los boletos en el colectivo, pero no escribe nada en ellos. Si se enrollan y se clavan en el asiento de adelante es porque tirarlos al piso resulta poco ecologista y guardárselo en el bolsillo es acumular basura.

Igual no falta quien todavía se anime a encontrar algo escrito en un boleto. Yo mismo me enamoré una tarde de una chica en el 60. Como hiciesen mis abuelos antaño, le indiqué con la mirada que el boleto enrollado delante suyo era para ella y sólo para ella, con la secreta esperanza de que así fuese. A duras penas logró sacarlo, estaba tan apolillado que casi se le deshace entre los dedos. Lo desenrolló y leyó araca, que Hitler pretende invadir Polonia. La muchacha resultó ser coleccionista de antigüedades. Así me gané su sonrisa. Después bajamos y nos fuimos a tomar un café juntos.

De Trampa en la escondida – Guillermo Galli

Libro que muerde

Wednesday, July 22nd, 2009

libroquemuerdeDicen que los libros no muerden. Yo digo que libro que ladra no muerde. Pero no todos los libros ladran, ojo. Hay un libro llamado Anselmo que es calladito pero en cuanto te descuidás te lanza el tarascón. Porque muchos libros son guapos cuando están en la estantería y hacen más barullo que estornudo de bibliotecario, pero si los tomás para hojearlos son mansitos y perfectamente domesticables. Anselmo no. Cierta vez, una señora muy confiada lo tomó de las tapas susurrándole cosas como ¡ay qué bonito libro! ¡Ay qué ternura de libro! ¡Ay qué belleza, mi amor! Y ahí nomás Anselmo le cerró las tapas en los dedos con la fuerza de la prensa que lo parió. Tuvieron que llamar a los paramédicos. Al libro lo encerraron en el subsuelo, con los incunables. No, si era bravo.

Una vez se la agarró con otro libro de la biblioteca. Mario se llamaba el otro. Era como Anselmo, no ladraba nunca, permanecía en los anaqueles rodeado de libros que eran unos quilomberos, que se la pasaban protestando por las condiciones edilicias de la biblioteca o por la poca cultura de los lectores, y que de vez en cuando amenazaban con hacer una revolución. Pero Mario permanecía inmutable, concentrado en el lomo de Anselmo que reposaba en el anaquel de enfrente. Ya el bibliotecario había notado que ambos libros se profesaban un odio sincero y cultivado. Un odio de esos que se alimentan de silencios y de miradas inquebrantables, que crecen de a poquito en la sombra sin hacer mucho espamento. Así que el hombre tuvo la buena intención de mover a Mario a otro ana­quel para evitar una desgracia. Apenas acercó la mano el libro le lanzó una mordida que casi le cuesta tres dedos. Que se arreglen -rezongó asustado el bibliotecario-, alguno de los dos va a terminar mal.

Así fue que una noche Mario pegó el salto hacia el anaquel de enfrente, donde Anselmo ya lo esperaba con las tapas abiertas. Dicen los otros libros que fue una lucha encarnizada, que se trenzaron a mordisco limpio envueltos en la nube de polvo que despidieron sus cuerpos al estrellarse. Volaron frases enteras arrancadas de las páginas mal heridas, y aun así no se escuchó ni una palabra de los luchadores, ni un quejido que advirtiese debilidad en su costumbre de no ladrar. Al día siguiente el pasillo de la biblioteca amaneció cubierto de hojas. El bibliotecario se encargó de juntar los restos de papel y cartón. Más tarde confesó que le había costado reconocer a quién pertenecían. Recién cuando encontró las tapas de Mario, que agonizaba en el suelo, supo que el vencedor había sido Anselmo, que estaba otra vez en su anaquel, maltrecho pero más imperturbable que nunca. A Mario lo metieron en la bolsa de desperdicios de la fotocopiadora. Al reciclaje, le dijeron. Asomado en el carrito de la basura alcanzó a susurrar que volvería siendo millones. En realidad todos los libros sabían que Mario hubiese querido morir en una quema, como mártir y como prohibido, no de esa forma tan deshonrosa y tan moderna.
Como dije, luego del incidente con la señora muy confiada Anselmo fue condenado al subsuelo donde los incunables. Y aunque al principio se sintió orgulloso porque entendió “incurables”, pronto se vio rodeado de viejos mañosos que si no ladraban era por falta de aliento. Hace años que Anselmo está ahí abajo, pocos los saben. Algún día habrá un hombre buenudo que intente sacarle el polvo. Mirará a Anselmo con cariño por creerlo obsoleto e invaluable, creerá que los libros no muerden y esperará, ingenuo, a que ladre.

De Trampa en la escondida – Guillermo Galli

Reconociendo almas gemelas

Wednesday, July 22nd, 2009

almasgemelasReconocer almas gemelas no es un arte, hay claros indicios que cualquiera puede captar con un poco de buena disposición. En general las almas gemelas suelen encontrarse en lugares públicos, se confunden con el resto de la gente, pero sólo en apariencia. Si usted viaja en colectivo fíjese en los asientos dobles, no es raro que encuentre a un hombre y a una mujer de edad similar, sentados uno al lado del otro, que no se conocen y que por supuesto no se tocan, ni se miran, ni se hablan. No es raro. Menos habitual es que cada uno de ellos esté leyendo un libro. Pero bastante menos habitual es que ambos libros sean el mismo, que se titule La Metamorfosis, y que tanto el hombre como la mujer lo cierren simultáneamente en la página cuarenta y seis para suspirar en sincronía un lastimero “¡pobre Gregorio Samsa!” Ese hombre y esa mujer son almas gemelas, no lo dude. Lo mismo pasa con esos chocolates que traen mensajito adentro: a ella le toca uno que asegura Hoy conocerás al hombre de tu vida; en tanto él desenvuelve el chocolate y lee que Ella no se andará con vueltas. Así, el destino se revela a los mortales. Si usted ve un pájaro en el cielo y grita “¡Es un pájaro!”, pero al lado suyo un caballero corrige “¡Es un avión!”, y parados más allá hay dos que no se han visto nunca pero que al unísono resuelven: “¡Es Superman!”, he aquí un claro indicio de almas gemelas.
Conocí a un tal Juan que acudió a una cita a ciegas para encontrarse con una tal Patricia. Patricia acudió, pero no era la Patricia que Juan esperaba, ésa se había arreglado con el novio y dejó plantado a Juan, que no se percató del plantazo puesto que la Patricia que acudió también esperaba a un tal Juan, que ese día fue arrollado por un tren cuando iba camino a encontrarse con Patricia. Pasó que Juan y Patricia se conocieron, se enamoraron, se casaron, a los treinta años de matrimonio descubrieron la verdad y aún así no se divorciaron. Si ésas no son almas gemelas, dígame usted cuáles son.
Dejemos en claro un par de cosas. Que dos almas sean gemelas a todas luces no significa que, como en el caso anterior, queden unidas para siempre. Si las matemáticas son perfectas se debe a que la Providencia obliga a que sea así, pero el hombre ejerce su libre albedrío y por ende puede desviar el camino de la perfección hacia donde se le antoje. Si un taxista y una muchacha sentada en el asiento trasero del taxi se miran de reojo por el espejo retrovisor, se desean en esa mirada y se reconocen como almas gemelas, pero la muchacha deja de mirar al taxista porque decide serle fiel al marido, y el taxista deja de mirar a la muchacha porque decide esquivar al camión que se le viene encima, ahí tenemos un claro ejemplo de cómo el hombre —y la mujer— pueden separar por decisión propia lo que el destino pretendía unir. Si otra vez en el colectivo usted observa que dos se miran, pero que cuando ella mira, él no, y cuando él la mira, ella, sin saber que la miran, tiene los ojos en otro lado, usted sabrá que esos dos se buscan mutuamente sin saberlo. Tal vez se hayan buscado por años, quizá se intuyeron desde el mismo preescolar. Entonces el destino le pide ayuda a usted. Porque usted sabe que allí existe un claro indicio de almas gemelas, que bien podrían unirse si alguien les advirtiese que corrigieran la sincronía de sus miradas. Si ya está el hecho casi consumado, si ya casi el milagro de quienes se encuentran para enlazarse por los siglos de los siglos, el resto depende de su buena voluntad, mi amigo. Depende de sus ansias por hacer perfecto lo perfectible, de sus ganas por unir lo que debe estar unido y de lo harto que esté de ver indicios de almas gemelas por todas partes. El resto depende de usted.

De “Trampa en la escondida” – Guillermo Galli