— Mire, Doctor. El infierno bien podría ser un eterno viaje en colectivo.
— Ajá. ¿En qué línea, por ejemplo?
— En el 59, por ejemplo.
— ¿Un viaje hacia dónde?
— Bueno, el 59 llega hasta Barracas, pero una vez que llegase a la terminal, el colectivo pegaría media vuelta y regresaría hasta la otra terminal, en Munro con todo el pasaje de condenados a bordo. Y de allí de nuevo a Barracas. Un viaje interminable.
— ¿Y qué pasa si usted toca timbre?
— Nada. El chofer le indica que ahí no hay parada y no le abre la puerta.
— Entiendo. Pero supongo que se detendrá en los semáforos…
— Como siempre, claro.
— … y eso daría la oportunidad a los pasajeros de arrojarse por las ventanillas.
— ¿Dónde ha visto que un pasajero haga eso?
— No lo he visto, pero recuerde que dicho colectivo representa el mismo infierno.
— El bondi no es el infierno. El infierno es el viaje.
— Ajá.
—¿Entiende?
— Si.
— Usted se sube a un colectivo y por más que esté descontento con el viaje, no se tira por la ventana. A lo sumo toca el timbre y espera a que chofer se detenga y abra las puertas. O le dice, chofer, ¿me puedo bajar acá?.
— Pero el chofer no lo bajaría. Ni acá ni en la parada.
— No.
— ¿Y cómo reacciona usted?
— No sé. ¿Usted se tira por la ventana?
— No.
— ¿Lo ve? Nadie se tira por la ventana.
— Ya sé, pero en un caso extremo…
— ¿Se está prendiendo fuego el vehículo?
— No, pero el viaje es interminable.
— Cosa de todos los días. Y nadie se arroja del colectivo por eso.
— No, pero se amarga, putea bajito, o insulta al chofer, o al tránsito, o a su mala suerte…
— O le dice al pasajero de al lado es imposible viajar…
— O mira reiteradas veces por la ventanilla, a ver qué pasa adelante que el colectivo no se mueve…
— O manda un mensajito de texto llego tarde, o no llego…
— Así es.
— Pero nadie se tira por la ventanilla. Acordemos.
— Ajá. No. Nadie se tira por la ventanilla.
— Nunca. No se hace en vida cuando el tiempo apremia, mire si se va a hacer en la muerte, cuando tiempo es lo que sobra.
— Ajá. No. Si. Es cierto. Pero uno la pasa muy mal.
— Y bueno. Qué quiere. Es el infierno.
— Si.
— En el infierno se la pasa mal.
— Si. Igual puede entretenerse mirando por la ventanilla. Yo hago eso cuando el viaje es largo.
— Sería muy aburrido ver siempre lo mismo.
— Depende. Véale el lado positivo. Una eternidad viajando en el mismo colectivo. Usted sería testigo, tras la ventanilla, de los cambios en la cultura, la historia, la arquitectura, la política de la humanidad.
— No. ¿Cómo? El viaje es siempre el mismo.
— Desde Barracas a Munro y desde Munro a Barracas, pero…
— Pero nada. El viaje es siempre el mismo. Si a la altura de Cabildo y Juramento usted ve un perro faldero con un moño rojo que intenta treparse a su dueña dando saltitos, en el siguiente viaje verá al mismo perro faldero, con el mismo moño rojo y la misma dueña en la mismísima esquina de Cabildo y Juramento.
— Comprendo. Aunque debemos reconocer que cuando uno viaja en colectivo se pierde infinitos detalles que están ahí a la vista, y que, en una inspección más detallada podríamos descubrirlos y así pasar mejor el viaje.
— Infinitos detalles no. Millones de detalles, tal vez, pero no infinitos.
— No infinitos, claro.
— Sólo el viaje es infinito, es eterno, recuerde.
— Si.
— Por ende, cuando no haya más detalles que descubrir en nuestro viaje de Munro a Barracas, el viaje comenzaría a hacerse cada vez más y más aburrido, por los siglos de los siglos, y así.
— Sería un infierno.
— Sería el infierno.
© Guillermo Galli





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