Hubo quien dijo que el tiempo sólo transcurre cuando nos olvidamos de su existencia. Como un ladrón de guante blanco que opera en la oscuridad y en el momento en que nadie lo advierte, así el tiempo, pensaba Froilán Gómez. Eso explica, dijo muy entusiasmado una vez y en el acto perdió diez segundos de su tiempo, porqué una fiesta dura tan poco y en cambio la clase de trigonometría se hace interminable. Cuando festejamos, cuando descorchamos, cuando bailamos con la más linda, entonces el tiempo acecha y así se pasa la vida, rápido. En el preciso instante en que clavamos los ojos en el reloj pulsera con la intención de hacerlo avanzar, justo antes de lamentarnos, el tiempo se detiene, se dilata desde y hacia el infinito. Que las agujas del reloj sigan girando mientras las miramos no es más que una ilusión óptica, como lo es el universo cuando nos hace creer que tuvo un principio y que acaso tendrá un final. Al mirar el reloj el tiempo se detiene de verdad, por más que las agujas giren. Froilán explicaba, y en esta pasión perdía siete segundos de tiempo, que la mortalidad del hombre era causada por la poca frecuencia en que éste daba un vistazo a su reloj; cada instante en que elevamos los ojos al reloj de la cocina somos un ratito eternos, logramos congelar el tiempo. Sin embargo el tiempo, ni lerdo ni perezoso, nos cobra luego, durante un buen plato de ravioles.
En realidad la postura de Froilán no tenía ni un ápice de innovadora. Predicaba lo que todos ya sabemos: cuando nos concentramos en que pase, el tiempo no pasa más. El resto de las veces, es decir, cuando vivimos, se pasa volando. Sin embargo el mérito de su discurso fue el mismo que el de aquellos hombres que la historia recordará por haber llevado a la práctica su propia prédica. Así lo hizo Froilán. Exaltado por la idea compró un reloj (en este acto perdió treinta y dos minutos) de tal magnitud que sentado frente a él no pudiese ni mirar ni pensar en otra cosa más que en el movimiento de sus agujas. Pretendía así detener su propio tiempo. Luego se sentó frente al reloj y se puso a observar. No comió, ni bebió, ni concedió entrevistas. No pestañó, no soñó despierto, no pensó en otra cosa que no fuese el paso del tiempo.
Así transcurrieron los años y también los minutos, siempre más longevos que los primeros, pero no para Froilán, sí para el resto de los hombres. Una tarde el reloj se detuvo, tal vez por una falla mecánica. En ese instante Froilán tomó conciencia de la situación. Presintió que sus amigos y sus detractores habrían fallado, como el reloj, que por lo tanto estarían muertos, que la ciudad sería otra, que los tiempos eran otros pero que él estaba más allá de eso. Se sintió libre y se dijo eterno. Había vencido su propio tiempo, lo había detenido, quién sabe por cuántas décadas, con sólo pensar en él. Esbozó una sonrisa, brindó un aplauso que hizo eco en sus oídos y se paró sobre la silla para festejar la victoria. Apenas bailó, rebosante de alegría y frente a un reloj desvencijado. Se deleitó en el insípido baile y entre el segundo y el tercer paso de sus pies el tiempo regresó, como ladrón en la noche, cobrándose en un instante todo lo que en realidad era suyo.
Froilán Gómez murió a los ciento ochenta y dos años, inmediatamente después de haber vivido.
(c) Guillermo Galli.-
— Mire, Doctor. El infierno bien podría ser un eterno viaje en colectivo.
Fue compañero mío de la escuela. ¿Viste esos que se traen de todo en la cartuchera? Bueno, así era Santiago. Tenía una cartuchera chiquita, pero que explotaba de todo lo que guardaba adentro. En general ese tipo de pibes son los que comúnmente conocemos como “el traga”. Santiago no era la excepción. Sentado siempre en la primera fila, cerca de la maestra, guardapolvo muy blanco sin una arruga, zapatos lustrosos y la mirada siempre atenta, siempre lista. Igual que la cartuchera. La diferencia de Santiago con muchos otros de su especie es que no era para nada amarrete. Si vos te olvidabas, por ejemplo, el compás, o el semi circulo, él abría su cartuchera con una prolijidad litúrgica, como cuando el cura te da la ostia, ¿viste? Como prestando un servicio sacro. Y no es que él se quedase sin el compás, o sin el semicírculo, no señor, el siempre tenía el suyo, que por supuesto era más lindo que el que prestaba. Si él usaba una Parker, te prestaba una 303, si él borraba con una goma nueva, te prestaba una mas viejita, gastadita. Pero ojo, todo lo que prestaba siempre andaba, siempre te venía al pelo. Te sacaba de apuros, eso es innegable. Lo que él tenía eran repuestos. Me acuerdo que yo me imaginaba a la mamá diciéndole “llevate otra, no sea cosa que se te acabe la tinta”, y seguro le encajaba una lapicera, un lápiz, un sacapuntas o una regla en esa cartuchera que no daba más de lo cargada que estaba. Eso me imaginaba yo. Aunque a veces me parecía que esa madre debía tener una obsesión bastante grave con que al hijo le fallara uno de sus útiles escolares. Fijate, una vez estábamos en la clase de plástica y yo me había olvidado el lápiz cero cinco. En realidad, esa mañana mientras desayunaba, me acordé que lo había dejado en la mesita de luz, pero pensé para mis adentros que “total, Santiago me presta uno”. Así la confianza ciega que depositaba en su servicio. Porque era un servicio, eso es indiscutible. El asunto es que en la clase de plástica, cuando la maestra dijo que saquemos el lápiz, yo busqué con la mirada a Santiago, que se sentaba tres bancos delante de mí. ¿Y qué veo? Que Marcelo estaba parado a su lado, con la mano tendida, y que Santiago revuelve en su cartuchera, que saca un lápiz medio gastadito y se lo entrega a Marcelo, que se va conforme a sentar a su banco y en el trayecto pasa al lado mío, con el lápiz cero cinco en la mano, ese que yo tenía la confianza de que era para mí. Tanta bronca me dio que me levanté, violento, haciendo todo el ruido que pude. Encaré hacia el banco de Santiago y me planté a su lado. “¿No tenés un lápiz de más?”, le pedí, o le exigí más bien, casi gritando, como si él me debiera, como si yo le pagase mensualmente un seguro contra el olvido de útiles escolares. “Ese”, le dije, mostrándole el que tenía preparado sobre la hoja Canson nº 5. “No”, fue tajante, “ese es mío”. Entonces abrió otra vez su cartuchera, revolvió, revolvió mucho haciendo ese ruido tan característico que ya todos conocíamos y sacó un lápiz, otro lápiz cero cinco, uno que era para mí.
Esa tarde que pisaste por primera vez la marmolería de la calle Crisólogo Larralde te aferraste a mi brazo y me gritaste al oído: ¡Yo estuve aquí antes, yo estuve!, con la convicción propia del que habla en capicúa. Mirabas los mármoles sumida en un viaje astral. ¿Ricardo, crees en la reencarnación? preguntaste, como quien asoma la nariz en lo desconocido. Por pura cortesía te contesté que sí y enseguida te imaginaste ciento cincuenta años atrás, paseándote por la misma marmolería. Te viste encarnada en una ilustre dama porteña que acaso buscaba mármoles para su nueva casa del barrio norte, del brazo de su amado esposo. Enseguida mencionaste que el amado esposo bien podría haber sido yo en una vida anterior, ya que el destino es una cosa loca. Sugerí que también podría haber sido al revés, tú el amado esposo y yo la ilustre dama, a lo que objetaste que el cambio de sexo es una práctica deplorable, siquiera con el Más Allá como excusa.
Fue así. Cuando Colón llegó a América no desembarcó en Santo Domingo, sino a orillas de un río ancho que años después bautizarían “De la Plata”. Y no se encontró con indios emplumados ni con cacatúas multicolores, sino con una raza de nostálgicos engominados que se hacían llamar “los porteños”, a quienes ya describía Platón, al igual que a los atlantes, como un pueblo milenario y de costumbres contradictorias. Esto confirma la teoría de que los porteños existen incluso antes de la fundación de Buenos Aires.
Conocí a mis amigos del barrio una tarde aburrida y calurosa de diciembre. Me acuerdo que doblé la esquina y los vi apoyados contra el paredón de la casa de los dobermann. Días después me enteré que molestar a la pareja de perros era la alternativa cuando el aburrimiento acosaba. Pero esa tarde los dueños habían dejado a los perros en el patio de atrás. Mis amigos estaban a punto de irse a sus casas a ver televisión, entonces llegué yo, me detuve y hablamos pero la cosa no cambió mucho. Los ánimos estaban por el piso, con el calor y la humedad no daban ganas de hacer nada. Me preguntaron si tenía juguetes nuevos, les dije que no pero que conocía un juego que había jugado en mi barrio anterior: encontrar una casa abandonada y explorarla.
Tierra tragáme, pide, y la tierra lo absorbe en menos de lo que dura un sonrojo. Lo ven desaparecer en Belgrano o en Villa Devoto; en el lugar deja un montículo de humus semejante a un hormiguero o a la tumba improvisada de una mascota. Al rato lo vomita una maceta sin plantas que guarda en su departamento de Liniers. Después se da un baño y mientras se saca las lombrices de las orejas piensa en esa mujer con la que cada tanto se encuentra y de la que siempre huye.
No es nuevo eso de enrollar el boleto y meterlo en algún hueco del asiento de adelante. ¿Vos pensás que es nuevo? Para nada. Antiguamente los boletos de colectivo eran un auténtico medio de comunicación. La gente escribía cosas en su anverso, eran como botellas al mar. Todo lo que fuese un mensaje desesperado se escribía en un boleto y se colocaba en alguna rendija del asiento de adelante. Entonces, si un día amanecías peleado con la vida, podías subirte al bondi con un lápiz en el bolsillo, pedir hasta la terminal y dedicar el viaje a escribir tu descargo. Si por el contrario te sentías satisfecho y hasta caritativo, desenrollabas cualquier boleto que tuvieras adelante y leías cosas como “quien lea esto sepa que estoy muy solo y que voy a la deriva”. Así bendecías tu buena suerte, te compadecías del pobre hombre y de paso te enterabas que la vida no es un carnaval, ni mucho menos.
Dicen que los libros no muerden. Yo digo que libro que ladra no muerde. Pero no todos los libros ladran, ojo. Hay un libro llamado Anselmo que es calladito pero en cuanto te descuidás te lanza el tarascón. Porque muchos libros son guapos cuando están en la estantería y hacen más barullo que estornudo de bibliotecario, pero si los tomás para hojearlos son mansitos y perfectamente domesticables. Anselmo no. Cierta vez, una señora muy confiada lo tomó de las tapas susurrándole cosas como ¡ay qué bonito libro! ¡Ay qué ternura de libro! ¡Ay qué belleza, mi amor! Y ahí nomás Anselmo le cerró las tapas en los dedos con la fuerza de la prensa que lo parió. Tuvieron que llamar a los paramédicos. Al libro lo encerraron en el subsuelo, con los incunables. No, si era bravo.
Reconocer almas gemelas no es un arte, hay claros indicios que cualquiera puede captar con un poco de buena disposición. En general las almas gemelas suelen encontrarse en lugares públicos, se confunden con el resto de la gente, pero sólo en apariencia. Si usted viaja en colectivo fíjese en los asientos dobles, no es raro que encuentre a un hombre y a una mujer de edad similar, sentados uno al lado del otro, que no se conocen y que por supuesto no se tocan, ni se miran, ni se hablan. No es raro. Menos habitual es que cada uno de ellos esté leyendo un libro. Pero bastante menos habitual es que ambos libros sean el mismo, que se titule La Metamorfosis, y que tanto el hombre como la mujer lo cierren simultáneamente en la página cuarenta y seis para suspirar en sincronía un lastimero “¡pobre Gregorio Samsa!” Ese hombre y esa mujer son almas gemelas, no lo dude. Lo mismo pasa con esos chocolates que traen mensajito adentro: a ella le toca uno que asegura Hoy conocerás al hombre de tu vida; en tanto él desenvuelve el chocolate y lee que Ella no se andará con vueltas. Así, el destino se revela a los mortales. Si usted ve un pájaro en el cielo y grita “¡Es un pájaro!”, pero al lado suyo un caballero corrige “¡Es un avión!”, y parados más allá hay dos que no se han visto nunca pero que al unísono resuelven: “¡Es Superman!”, he aquí un claro indicio de almas gemelas.










